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Infodemia y crisis de la libertad de expresión en el Sudeste Asiático

Durante los últimos años, y sobre todo a partir de la infodemia de la COVID-19, el problema de la desinformación y las fake news ha tenido un gran impacto en el Sudeste Asiático. El resultado ha sido una oleada de leyes anti fake news, aunque esta tendencia no es nueva y la región estaría encaminándose hacia una desdemocratización.

Desde hace años, el panorama mediático internacional vive una crisis sin precedentes. La falta de credibilidad que están sufriendo los medios de comunicación y la proliferación de fenómenos como el de las fake news (noticias falsas), la posverdad o la desinformación son los más señalados como causantes de esta crisis. Aunque no son nuevos, se puede percibir que su escala (global y local) y la velocidad en la producción, circulación y alcance se ha incrementado exponencialmente en los últimos años. Desde 2016, a raíz de acontecimientos de gran repercusión mediática internacional como fue la victoria de Donald Trump en las elecciones o el Brexit y, sobre todo, desde el inicio de la pandemia de la COVID-19 en 2019, la desinformación ha sido una práctica cada vez más recurrente.

Desde que se extendió el uso de estos conceptos, asociados inicialmente a prácticas al servicio de regímenes autoritarios para desestabilizar países, regiones o procesos de democratización, el número de actores —democráticos y no democráticos— que insertan estos conceptos en sus retóricas y mensajes ha crecido. La desinformación ha pasado a ser la principal arma en la guerra de la información internacional. Precisamente, uno de los escenarios más vulnerables a las fake news y la desinformación es el Sudeste Asiático, donde su utilización es incluso anterior a la COVID-19.

La desinformación como arma electoral

La desinformación —aquella información falsa y creada deliberadamente para dañar a una persona, grupo social, organización o país— en el La desinformación —aquella información falsa y creada deliberadamente para dañar a una persona, grupo social, organización o país— en el Sudeste Asiático ha sido una práctica orientada principalmente a lograr objetivos políticos o ideológicos. La diferencia entre la desinformación y las fake news, o malinformación, radica en que estas últimas persiguen objetivos no políticos (financieros, económicos, etc.).

Las elecciones han sido y continúan siendo uno de los principales campos de batalla de la desinformación, y en el Sudeste Asiático es incluso más notable. En Indonesia, por ejemplo, hay un vínculo inseparable entre los partidos políticos y los medios de comunicación. Los principales conglomerados mediáticos están dirigidos por magnates con implicación directa en los partidos políticos, que cuando no presentan personalmente su candidatura, se posicionan a favor de un candidato y lanzan campañas de difamación masivas contra los otros.

Aunque existen numerosos ejemplos de estas campañas de deslegitimación de candidatos, se puede destacar la que se produjo en las elecciones para gobernador de Yakarta —capital de Indonesia— de 2017. Basuki Tjahaja Purnama (conocido popularmente como Ahok), primer gobernador cristiano y de ascendencia china de la capital, era el favorito en las elecciones e incluso era visto como un posible sucesor de Joko Widodo como presidente del país. Pero a finales de 2016, fue acusado de blasfemia por referenciar un verso del Corán en un acto electoral. La campaña que condujo a esta acusación y su posterior condena a dos años de prisión fue liderada por grupos islamistas de línea dura como Hizb ut-Tahrir en Indonesia (HTI) o el Frente de Defensores del Islam (Front Pembela Islam, FPI).

Breve historia del Islam político en Indonesia durante el siglo XX: un fenómeno duradero e inestable (I)

A menudo se suele identificar la región de Asia-Pacífico como cuna de una tipología distintiva de religiones y se simplifica la amalgama de credos espirituales en una identidad religiosa exclusiva: la de las religiones filosóficas o sapienciales como el taoísmo o el budismo-confucianismo. Esta concepción no puede estar más alejada de la realidad. […]

La utilización de la desinformación como arma electoral también se evidenció en las últimas elecciones presidenciales, donde las redes sociales jugaron un papel crucial. Hasta el punto de que se había rumoreado que los partidos políticos habían contratado a equipos de trolls y buzzersinfluencers y activistas capaces de difundir mensajes virales rápidamente— para crear hashtags en Twitter y contenido en Facebook con mensajes cuyo fin era desprestigiar a los principales contendientes electorales, utilizando seudónimos o cuentas fantasma.

Un fenómeno precedente y muy similar al de los buzzers es el de los cybertroopers en Malasia. Los cybertroopers (cibertropas) son blogueros, twitteros u otros individuos cuya tarea es responder a publicaciones en las principales redes sociales. Estos actores en línea fueron muy activos en las elecciones de 2013, y fueron presuntamente utilizados por agencias gubernamentales, partidos políticos, contratistas privados y organizaciones de la sociedad civil malaya para manipular la opinión pública.

En Filipinas, un ejemplo de propaganda y desinformación lo encontramos en el papel que jugaron y continúan jugando los blogueros y celebridades a favor del actual presidente, Rodrigo Duterte, cuyo alcance e impacto le han servido para proyectar una imagen mediática favorable y desacreditar aquellas informaciones elaboradas por periodistas profesionales o medios de comunicación. Duterte recurrió a celebridades de la talla de la popular cantante y modelo Mocha Uson o de la personalidad televisiva Martin Andanar para catapultar su popularidad en las elecciones de 2016. Estas dos figuras integrarían después el grupo de Comunicaciones Presidencial en el ejecutivo de Duterte.

Según un estudio que investiga el impacto de la desinformación en las últimas elecciones, titulado Tracking digital disinformation in the 2019 Philippine Midterm Election y publicado en agosto de 2019, en Filipinas, “paciente cero” de la desinformación digital, las tácticas desinformativas están evolucionando rápidamente e incluso se recurre cada vez más a los nano-influencers y micro-influencers —es decir, influencers con menos de 10.000 seguidores— para diseminar narrativas engañosas en las redes sociales.

Por otro lado, las autoridades de Myanmar también fueron acusadas de utilizar la desinformación y la propaganda. En este caso, el objetivo de estas herramientas mediáticas fue alimentar las tensiones étnicas y religiosas en el país. Las fuerzas armadas de Myanmar han difundido discursos de odio en un intento por incitar la animadversión hacia los rohinyás y justificar las agresiones y asesinatos contra este pueblo.

Como se ha visto, cada país tiene sus propios términos para describir a los agentes mediáticos disruptivos. Los trolls en Filipinas, los buzzers en Indonesia y los cybertroopers en Malasia se han convertido en las principales amenazas para el panorama digital en esta región, donde el número de usuarios de internet no para de crecer y donde los intercambios de información cotidianos son abundantes, debido entre otros motivos, a la actitud abierta que muestran sus sociedades eminentemente colectivistas.

En este sentido, y según señala Ross Tapsell, especialista en los medios de comunicación en el Sudeste Asiático, aunque el acceso a Internet de la población de la región —el 30% de los indonesios, el 65% de los filipinos y el 75% de los malayos— no es comparable con el que tienen los países occidentales y, por tanto, las comunidades de redes sociales no son iguales, en el Sudeste Asiático, las comunidades de las redes sociales son mucho más amplias debido a su mayor tendencia a transmitir informaciones.

Otro de los factores que han influido en esta afluencia de desinformación y fake news está relacionado con los bajos niveles de confianza en las instituciones públicas de la población del Sudeste Asiático. El legado del autoritarismo y la propaganda patrocinada desde el Estado ha tenido un efecto duradero en la confianza en los medios de la población de esta región. Es por esto que, a menudo, las informaciones que provienen de fuentes oficiales, incluidas aquellas emitidas directamente por los gobiernos, se perciben como menos fiables —y, por tanto, menos creíbles— que aquellas divulgadas por fuentes locales.

Las leyes anti fake news y la prevalencia de la censura

La respuesta de los gobiernos de los países del Sudeste Asiático a estos fenómenos ha sido la promulgación de leyes anti fake news. En los últimos años, varios gobiernos han introducido este tipo de leyes con el fin de “combatir la desinformación y la malinformación” y “preservar la seguridad nacional”. Sin embargo, algunos críticos advierten que estas se han utilizado para coartar la libertad de expresión y silenciar las voces de activistas y medios de comunicación independientes.

La primera legislación de esta ola de leyes anti fake news fue introducida en Malasia en octubre de 2018, con el fin de aplacar el ruido mediático provocado por escándalo de corrupción 1MDB. Esta ley, denominada Anti-Fake News Bill, criminalizaba a cualquier persona que “deliberadamente cree, ofrezca, publique, imprima, distribuya o haga circular o disemine alguna noticia falsa”, definida como “cualquier noticia, información, datos o informes que sean completa o parcialmente falsas”. Aunque esta regulación se desactivó con la crisis política más reciente —apodada por los medios de comunicación como Langkah Sheraton, o Sheraton Move—, sus principales disposiciones se reactivaron en marzo de este año, en forma de Ordenanza de Emergencia nº 2 (2021).

Singapur introdujo su Ley de Protección de Falsedades y Manipulación en mayo de 2019. Esta ley les da a los ministros la autoridad para decidir qué constituye una mentira y ordenar correcciones o censuras, entre otras medidas.

En Tailandia la difusión de información engañosa ya se contemplaba en la enmienda de la Ley de Criminalidad Informática (2007) de 2017. Con la irrupción de la pandemia, estas legislaciones se han reforzado, y Tailandia, siguiendo a sus vecinos del sur —Sebenarnya.my en Malasia y Factually en Singapur—, creó un centro especializado en combatir la desinformación, el Anti-Fake News Center.

Infodemia y COVID-19

La infodemia de la COVID-19 ha provocado una fuerte reacción de los gobiernos de los países del Sudeste Asiático. La propaganda anti-vacunación ha sido una de las razones que explican el estancamiento de vacunados que sufre esta región. De acuerdo con los datos del Southeast Asia Covid-19 Tracker del CSIS, a día 14 de noviembre de 2021, sólo tres países —Singapur, Camboya y Malasia— están cerca de lograr o han logrado alcanzar el 80% de población vacunada. A la cola se encuentran Myanmar (16%), Timor Leste (29%) e Indonesia (31%). 

Algunos de los rumores que se han propagado sobre la COVID-19 son tan absurdos como que los ídolos hindúes fueron destruidos después de que los dioses no protegieron a la India del COVID-19, que la vacuna provoca que se cree un campo magnético debido a una proteína modificada genéticamente llamada magneto, que el agua de coco puede curar la COVID-19 o que el agua de grifo ha dado positivo en COVID-19.

La infodemia, junto con la aparición de nuevas variantes, la inoculación limitada debido a la escasez de dosis —monopolizadas en gran parte por los países ricos—, y el aislamiento global, ofrece un pronóstico muy poco alentador para sobreponerse a la pandemia en esta región.

La lucha contra la infodemia, ¿principal causa del retroceso democrático?

Varios indicadores de libertad evidencian un retroceso notable en el cumplimiento de los derechos más democráticos como la libertad de expresión. Si nos fijamos en el último informe de Freedom House sobre la Libertad en la Red, todos los países país del Sudeste Asiático son calificados como países “parcialmente libres” o «no libres». Además, en el Índice de Libertad —principal indicador de Freedom House—, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam obtuvieron puntuaciones más bajas este año en comparación con 2020.

A medida que los gobiernos autoritarios estrechan el cerco de la libertad de expresión, los periodistas sufren una mayor censura. El Índice de Libertad de Prensa 2021 de Reporteros Sin Fronteras, publicado el pasado mes de abril, muestra hasta qué punto la pandemia ha incrementado la represión y los ataques a periodistas, y lista a los países de esta región entre aquellos de situación difícil.

Aunque se podría justificar este mayor control de los medios de comunicación con que han sido medidas necesarias para contener la infodemia, algunos expertos señalan que esta ola de regulaciones anti-fake news responde a una tendencia que arrastran los países del Sudeste Asiático desde hace una década. Las censuras, las intimidaciones, los ataques, los asesinatos extrajudiciales y las detenciones arbitrarias de periodistas y activistas son cada vez más frecuentes en esta región.

La infodemia derivada de la COVID-19 ha resultado ser la excusa perfecta para los países semiautoritarios y autoritarios del Sudeste Asiático para afianzar su control sobre los medios de comunicación y represaliar a cualquier voz crítica o disidente. Las fake news y la desinformación ya no son meras armas electorales, sino que se han convertido en herramientas al uso de los gobiernos de los países del Sudeste Asiático. Y esto se ha producido en algunos casos gracias a la complicidad de los magnates mediáticos, como en Indonesia; bajo el liderazgo de las fuerzas armadas, como en Myanmar; o mediante la promulgación de estrictas leyes anti-fake news, como Malasia o Singapur.

Sólo el tiempo determinará si esta ola de autoritarismo fue un factor dado por la situación coyuntural de la pandemia de la COVID-19 o si, por el contrario, se trata de un fenómeno estructural que acompañará a los regímenes del Sudeste Asiático en los próximos años.

Para concluir, resulta pertinente rescatar una frase que define con precisión la situación de la libertad de expresión en esta compleja región, pronunciada por Rodrigo Duterte el día de su investidura:

El juez adjunto de la Corte Suprema Bienvenido Reyes jura a Rodrigo Roa Duterte como el decimosexto presidente de Filipinas. Fuente: Oficina de Operaciones de Comunicaciones Presidenciales de Filipinas

“El que sean periodistas no los librará de ser asesinados si son unos hijos de puta. La libertad de expresión no podrá hacer nada por ustedes, queridos».

Rodrigo Duterte

Por Omar Benaamari Hedioued

Estudiante del Máster en Periodismo Internacional (URJC). Interesado en la política de los países del Sudeste Asiático y Asia Central y la genealogía del Islam en el conjunto de los países del continente asiático.

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