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El Kirguistán de Sadyr Japárov: tras las huellas de Manás

En 2020, Kirguistán vivió una nueva Revolución que llevó al poder a Sadyr Japárov, quien promete devolver al país a sus raíces y su grandeza. Pero, ¿estamos ante el salvador de Kirguistán o ante un mero populista más?

Prácticamente todas las culturas del mundo cuentan con una epopeya propia. Los griegos tienen La Ilíada, los persas el Shahname o Libro de los Reyes, los indios el Mahabhárata o los españoles el Cantar de mio Cid. Pero una historia mucho menos conocida es La Épica de Manás, de Kirguistán. Transmitida de forma oral, donde cada narrador o manaschi le da su toque personal, esta obra es el principal referente cultural del país.

Esta épica cuenta la historia de Manás, un guerrero kirguiso que logró unir a su pueblo en un momento de debilidad y subyugación extranjera, doblegando a sus enemigos y creando un gran Janato kirguiso. Tal era su grandeza que, entre otras cosas, logró tomar Beijing y casarse con la hija del Emir de Bujará. Posteriormente, la historia continúa con sus descendientes, variando en función del manaschi, pero la parte principal y más famosa es la que tiene que ver con Manás. Así, este personaje legendario —que históricamente es probable que nunca llegase a existir— se convirtió en el arquetipo de héroe kirguiso, la principal referencia de la grandeza del país, quien “unió aquellos que se extraviaron y agrupó a aquellos que estaban divididos” (Chachïlgandï jïinagan, chabïlgandï kuragan).

Estatua de Manás en Bishkek

Fuente: Wikipedia

Varios cientos de años después, en un momento de enorme debilidad y división, ha vuelto a surgir alguien que promete reunir y hacer grande a Kirguistán. Tras tres décadas de inestabilidad, en 2020, aupado por una revolución popular, Sadyr Japárov se ha convertido en el nuevo hombre fuerte en el que los kirguisos han depositado su confianza. Pero ¿quién es Japárov? ¿cómo ha conseguido hacerse con el poder? ¿qué futuro le espera a Kirguistán bajo su mando?

Caos en las Montañas Celestiales

Cuando hablamos de Kirguistán (oficialmente “República Kirguisa”) nos estamos refiriendo a una pequeña república exsoviética centroasiática ubicada en la frontera con China y con capital en Bishkek. A diferencia de buena parte de sus vecinos, no posee amplios recursos naturales, lo que ha dificultado el desarrollo de una economía avanzada.

Además, este país cuenta con un hecho definitorio clave: las Tian Shan o Montañas Celestiales. Esta cordillera, prácticamente inexpugnable, divide el país en dos mitades, una mitad note y una mitad sur, lo que también ha dividido cultural y políticamente a los kirguisos entre un norte rusificado y secular y un sur más rural y apegado a las costumbres y el islam. Y, en este sentido, desde su independencia, la política kirguisa ha tomado forma, en buena medida, con el trasfondo de la competición por la apropiación de los recursos políticos y estatales del país entre las élites del norte y las del sur. Esta lucha entre élites, por una parte, ha generado un Estado muy inestable, con constantes cambios de gobierno por la fuerza, pero, por otra parte, en cierta medida también ha dado forma al que paradójicamente es el régimen más democrático de Asia Central.

Mapa de Relieve y de Densidad de Población de Kirguistán

Fuente: Wikipedia

El primer Presidente del país fue Askar Akáyev, un outsider que llegó al poder en tiempos de la perestroika sin haber sido miembro del Partido Comunista, sino como representante de la intelligentsia local. De su mano, Kirguistán se independizó de la Unión Soviética y adoptó una Constitución presidencialista, que dio pie a una concentración del poder en sus propias manos y en las de su familia, así como en la élite norteña a la que pertenecía, lo que vino acompañado de una corrupción rampante y una patrimonialización del Estado, lo que, poco a poco, fue erosionando las instituciones democráticas que habían surgido en el país. Tanto es así que Akáyev llegó a reformar la Constitución en 3 ocasiones para poder prorrogar su mandato presidencial.

Finalmente, el descontento popular ante la corrupción y el autoritarismo de Akáyev alcanzó su cénit tras las elecciones parlamentarias de 2005, amañadas por el Presidente para lograr una mayoría progubernamental. La respuesta fue un alzamiento popular, la llamada “Revolución de los Tulipanes”, una de las famosas “Revoluciones de Color”, que depuso a Akáyev y llevó al poder a Kurmanbek Bakíyev.

Con Bakíyev ascendió al poder, también, la élite del sur, marginando al norte. Este, en vez de reparar los errores de su predecesor y democratizar el régimen, se dedicó a sustituir la red clientelar de Akáyev por una propia, repartiéndose los principales recursos del país entre sus allegados y familiares, bajo un esquema, nuevamente, altamente corrupto. El resultado fue el mismo: en 2010 surgieron una serie de protestas en el norte del país que desembocaron en la “Revolución del Melón”, la cual depuso a Bakíyev. No obstante, el caos que siguió a esta Revolución también llevó a un episodio de conflicto interétnico en Osh, la principal ciudad del sur y la segunda ciudad más importante del país, habitada por kirguisos y uzbekos. Estos últimos se llevaron la peor parte, con cientos de muertos y unos 300 mil desplazados.

Finalmente, surgió un Gobierno provisional liderado por Roza Otunbáyeva, quien dirigió la adopción de una Constitución más democrática que convirtió a Kirguistán en una república parlamentaria. En 2011, Almazbek Atambáyev se alzaría con la victoria en las elecciones y lideraría el país hasta 2017, año en el que tuvo que abandonar la presidencia ante la limitación constitucional. Atambáyev, norteño, intento lograr un equilibrio entre las élites nombrando a un sureño, Sooronbai Jeenbekov, como su primer ministro y, posteriormente, sucesor. Así, por primera vez en la historia reciente del país, se produjo una transición pacífica en el poder de la mano de las elecciones de 2017. Pero Atambáyev intentó seguir manteniendo su influencia desde las sombras, generando un enfrentamiento entre ambos que derivó en el arresto del expresidente en 2019. A su vez, Jeenbekov estableció su propia red, dominada por las élites sureñas, y marginó a Atambáyev y a las élites del norte, tensando de nuevo el eje norte-sur.

La Tercera Revolución

Y es en este contexto en el que se llegaron a las elecciones legislativas del 4 de octubre de 2020. Una vez más, un Presidente había patrimonializado el Estado y se había apoyado en las élites de una parte del país —en este caso, del sur—. Y, como ya sucediera en 2005, de nuevo las elecciones fueron amañadas, entrando en el Jogorku Kenesh —el parlamento kirguiso— únicamente 4 partidos, todos ellos representando los intereses y las élites sureñas, y alzándose con la mayoría absoluta los dos partidos progubernamentales, aupando a un Gobierno impopular.

Por un lado, en el norte del país —con unas élites y grupos bien organizados— esta marginación por parte de Jeenbekov generó rabia y rechazo. Por otro lado, tras 10 años de una relativa normalidad democrática, la sociedad kirguisa no estaba dispuesta a aceptar que, nuevamente, un Presidente impopular acumulase en su persona y su clan el poder y los recursos del Estado.

Pero, por si esto fuera poco, la situación socioeconómica había empeorado enormemente como consecuencia de la pandemia de la COVID-19. La enfermedad golpeó con dureza a un país poco preparado para enfrentarse a ella, todo ello a la vez que cortó en seco las remesas enviadas por los inmigrantes kirguisos en Rusia y otros países —que representan alrededor de un 30% del Producto Interior Bruto kirguiso— como consecuencia del parón económico mundial.

Todo esto generó una tormenta perfecta que desembocó primero en protestas pacíficas que posteriormente se convirtieron en disturbios, los cuales cristalizaron en la toma de la Casa Blanca kirguisa —la sede del gobierno y parlamento del país— por parte de los protestantes en la noche de las elecciones. A la vez, mientras Jeenbekov se encontraba en paradero desconocido, los protestantes liberaron a varios políticos encarcelados, entre ellos el propio Atambáyev y a un político nacionalista que llevaba en prisión desde 2017, Sadyr Japárov.

Japárov, líder del partido nacionalista Mekenchil, que no había logrado entrar en el Jogorku Kenesh, aprovechó la oportunidad y el vacío de poder. Haciendo gala de un discurso anti establishment que casaba muy bien con el sentimiento popular, se ganó el favor de la gente e inmediatamente se convirtió en la gran figura de la Revolución.

Con buena parte de los manifestantes bajo su control, Japárov pudo forzar los acontecimientos. Primero, logró ser nombrado Primer Ministro del país en una reunión de emergencia del Jogorku Kenesh en un hotel de la capital, pues la Casa Blanca seguía estando ocupada. Aunque no hubiese quorum, poco importaban los procedimientos legales, el verdadero poder estaba en la calle, bajo el control de Japárov. El paso siguiente fue forzar la dimisión de Jeenbekov, lo que consiguió el 15 de octubre. Aunque constitucionalmente el cargo de Presidente interino debería haber ido a parar al Presidente del Jogorku Kenesh, de nuevo fue apropiado por Japárov, quien se lo cedió a un aliado, Talant Mamytov, para poder presentarse legalmente a las elecciones presidenciales. Así, en 10 días, Japárov había pasado de ser un recluso a la figura más poderosa del país.

Sadyr Japárov, ¿el nuevo Manás?

Sadyr Japárov no entró en escena en 2020, ya era un viejo conocido de la política kirguisa. Ya durante la presidencia de Bakiyev ocupó varios cargos políticos, incluido el del consejero del Presidente en la lucha contra la corrupción —un cargo bastante irónico en el que era un régimen ultracorrupto—. Posteriormente, saltó a la fama a nivel nacional gracias a su participación en el ya mencionado conflicto étnico de Osh de 2010, que dio pie a un significativo aumento del nacionalismo kirguiso y le consagró como uno de los políticos nacionalistas más famosos del país, junto a su aliado Kamchybek Tashiyev. Juntos entrarían en el Parlamento de la mano del partido Ata-Jurt.

Aquí, su principal propuesta, que ganó mucha fama y tracción, se basó en la nacionalización de la mayor mina de oro del país, Kumtor. Ubicada en Issyk-Kul, la región de Japárov, la explotación de esta mina fue cedida a la empresa canadiense Centerra Gold en tiempos de Akáyev y desde entonces ha representado alrededor de un 10% del PIB del país. Japárov, por un lado, acusaba a la empresa de un expolio económico, defendiendo que la mayoría de los beneficios pasaban a manos canadienses en vez de quedarse en el país. Además, por otro lado, protestaba ante los daños medioambientales que la explotación minera había generado en la región, con perjuicios para la salud de los locales.

La mina de Kumtor

Fuente: Michael Karavanov

En 2012, en una protesta ante la Casa Blanca organizada por Japárov y los ya mencionados Tashiyev y Mamytov exigiendo la nacionalización de la mina, lo que comenzó como una manifestación pacífica terminó derivando en disturbios, costándole a Japárov 18 meses de cárcel y su escaño en el Parlamento. Lo mismo pasó al año siguiente en Karakol, la capital de Issyk-Kul, donde una protesta pacífica en relación a la mina terminó culminando en el secuestro de un oficial regional de alto rango.

Japárov, que se encontraba de viaje al extranjero, decidió no regresar al país al haber sido acusado de incitar la revuelta y, en esta etapa de exilio, dedicó buena parte de sus esfuerzos a cultivar apoyos entre los trabajadores migrantes kirguisos en el extranjero y en ganar popularidad a través de internet.

Pero finalmente regresó a Kirguistán en 2017, siendo inmediatamente arrestado y encarcelado por los hechos sucedidos en Karakol en 2013. Durante su estancia en prisión, la muerte de sus padres y su hijo y el tormento personal que tuvo que vivir le granjeó todavía más popularidad, como un “preso político” en contraposición al establishment que le habría hecho sufrir todo tipo de penurias.

Y esta imagen de político patriota, mártir anti establishment y “hombre del pueblo”, en un momento en el que todas estas ideas casaban perfectamente con el sentimiento popular kirguiso —más allá de los sectores más rusificados—, sería la fórmula de su éxito. Además, Japárov, pese a ser del norte, también contaba con importantes apoyos en el sur gracias a su alianza con Tashiyev, quien procede de esta región, y a su participación en los disturbios étnicos de Osh. Incluso, paradójica y contradictoriamente, su figura resultó atractiva a los kirguisos de etnia uzbeka, pues el nacionalismo de Japárov no está, pese a todo, tan centrado en la cuestión étnica, a diferencia de otros políticos como su rival Adakhan Madumarov, que abiertamente consideraba a las minorías étnicas del país como “huéspedes”.

En un momento de incertidumbre y de crisis, Japárov ofreció un discurso populista y patriota, que prometía apoyarse en el pasado y las costumbres kirguisas y en lograr el bienestar de una población empobrecida dentro de un país profundamente desigual. Como Manás en su momento, Japárov parecía significar una oportunidad de unidad, rompiendo con las divisiones geográficas previas (norte/sur), y de sacar al país del atolladero político, económico y social en el que se encontraba.

El Poder de un Jan

Tras la Revolución, Japárov se alzó con la victoria en las elecciones presidenciales de enero de 2021. Tras ello, para consolidarse como “hombre fuerte”, celebró un referéndum constitucional en aras de volver a convertir a Kirguistán en una República Presidencialista, en la que la práctica totalidad de los poderes se acumularían en la figura del Presidente en detrimento del Parlamento, que también ganó. La idea era que solo contando con un mandato fuerte podría cumplir sus propuestas populistas y nacionalistas y así, reforma antidemocrática tras reforma antidemocrática, se ha convertido en la figura más poderosa —y autoritaria— del país por lo menos desde los tiempos de Bakíyev.

Bien es cierto que, pese a ganar holgadamente ambos votos, con cerca de un 80%, ninguno de los dos pasó de un 40% de la participación, lo que refleja que, pese a ser el político más popular del país, su base de apoyos no es tan extensa. Pero, aun así, no surgió en ninguna de las dos votaciones un rival que le hiciese sombra.

El Precio del Nacionalismo

Por otro lado, aunque su discurso nacionalista le granjeó mucha popularidad en el país, también ha despertado rencillas en el exterior. En el Kremlin no ha gustado mucho ni la retórica del nuevo Gobierno ni la forma en la que llegó al poder a través de una Revolución popular. Mientras, un aumento del nacionalismo kirguiso también va de la mano del aumento del sentimiento antichino, lo que amenaza los intereses de China, un país al que Bishkek debe 1,8 mil millones de dólares, más de un 23% de su PIB.

No obstante, el principal problema externo para Japárov ha tenido que ver con su vecino centroasiático, Tayikistán. Como herencia del pasado soviético, ambas repúblicas cuentan con una serie de reclamaciones fronterizas mutuas como es el caso de Voruj, un exclave tayiko rodeado de territorio kirguiso. Este, enormemente importante por su acceso a recursos hídricos, fue el escenario de un conflicto fronterizo entre ambos países que se desencadenó ante la nueva retórica nacionalista exhibida desde Bishkek. El desenlace fue una dura derrota para Japárov, que no pudo frenar el avance del ejército tayiko, dejando tras de sí varios pueblos quemados y decenas de miles de desplazados en Kirguistán.

¿Es oro todo lo que brilla?

Tras este fracaso, Japárov necesitaba levantar la moral de sus votantes, y para ello se retrotrajo a sus raíces: la mina de Kumtor. Denunciando el expolio de los recursos del país por Centerra Gold, las preocupaciones medioambientales y el potencial de la mina para pagar la deuda a China, Japárov cumplió su gran propósito: en mayo ordenó la nacionalización de la mina.

Este movimiento ha generado una gran preocupación en los inversores internacionales, empeorando el clima empresarial del país, hasta entonces muy loado en la que era apodada “la Suiza de Asia Central” debido a su papel como centro de negocios y comercial en la región. No obstante, por un lado, este movimiento representa un importante ingreso para las arcas de un Estado necesitado de cumplir con sus obligaciones para con sus acreedores chinos, claves para desarrollar la infraestructura del país y unirlo a la Nueva Ruta de la Seda. Por otro lado, le ha servido a Japárov para cumplir una de sus principales promesas, haciendo olvidar el desastre fronterizo con Tayikistán y demostrando que es un patriota dispuesto a plantar cara al extranjero.

A esto hay que sumarle su promesa de combatir la corrupción, uno de los grandes males del país, que ha abordado con la detención de varias personas de perfil alto de administraciones previas e incluso logrando el regreso del exiliado expresidente Akáyev para someterle a un interrogatorio en relación a la mina de Kumtor. Esto no quiere decir que Japárov vaya a eliminar la corrupción del país, basta con recordar que participó de ella en tiempos de Bakíyev, pero genera una imagen de un Presidente que cumple sus promesas.

Aun así, este año también ha tenido otras sombras, más allá de la guerra con Tayikistán. La economía sigue maltrecha tras 2020, cuando cayó en un 8,6%, mientras la seguridad alimentaria y el suministro eléctrico y energético están en peligro —en un país con inviernos particularmente duros— ante el aumento de los precios de los alimentos y los productos energéticos en el mercado internacional. De esta forma, en el último año, la situación socioeconómica del país no ha mejorado, sino más bien lo contrario.

Es en este contexto en el que Japárov va a tener que hacer frente a unas elecciones parlamentarias el próximo 28 de noviembre. A estas llega como el político más popular del país, con el segundo lugar ocupado por su amigo y ahora Presidente del Comité Estatal de Seguridad Nacional, Tashiyev. En otras palabras, no hay ningún líder opositor que pueda hacerle sombra. Por lo tanto, aunque este tipo de predicciones sean difíciles de hacer en un país que ha vivido tres Revoluciones, de las cuales dos se produjeron, precisamente, tras elecciones parlamentarias, todo parece indicar que podrá disfrutar de una cómoda mayoría en el Parlamento, que además ha quedado enormemente debilitado gracias a su reforma constitucional.

¿El nuevo Manás o el nuevo Trump?

Así, un año después del meteórico ascenso de Japárov, cabe preguntarse si estamos verdaderamente ante el salvador nacional del país, quien traerá estabilidad y desarrollo al pueblo kirguiso, o si, por el contrario, simplemente se trata del mismo populismo que hemos visto ascender en estos últimos años en tantos países, pero con características kirguisas.

Su primer año deja un balance mixto. Ha cumplido algunas de sus promesas, principalmente la nacionalización de Kumtor, y de momento no parece haber favorecido a una geografía en concreto entre norte y sur —eje clave en la historia reciente kirguisa—, pero a la vez ha dado forma a un régimen más autoritario en el que era la República más democrática de la región, ha forzado una guerra de la que salió derrotado, ha alienado a los inversores extranjeros y no ha respondido adecuadamente a los problemas socioeconómicos del país.

Por lo tanto, Japárov aún tiene que demostrar que verdaderamente ha venido a hacer de Kirguistán un país mejor y no para ser un Trump o un Bolsonaro más. Tiene cuatro años para ello antes de las siguientes elecciones, si es que, claro está, logra mantener el apoyo del pueblo kirguiso hasta entonces.

Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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