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El K-Pop: pieza clave en el soft power surcoreano

Durante los últimos años, la cultura coreana se está expandiendo por todo el mundo, sobre todo a partir del éxito de películas como Parásitos, series como El Juego del Calamar o artistas como PSY, BTS o BLACKPINK. Esta expansión está apoyada por el gobierno surcoreano y podría utilizarla como una forma de propagar su influencia en el mundo.

Corea del Sur, como potencia intermedia —una posición reservada a aquellos países que no son ni grandes potencias ni superpotencias, pero que son capaces de proyectar una influencia grande o moderada en el plano internacional—, goza de una reputación muy respetada. Seúl ha sido capaz de instrumentalizar su atractiva cultura para proyectar un poder blando (soft power) que rivaliza con el que ejercen otras potencias intermedias como Japón, Suecia o Turquía.

En la actualidad, podemos apreciar una pugna entre la influencia cultural internacional de varios países, sobre todo de Asia Oriental, que compiten informalmente por alcanzar un estatus similar al que ha tenido y tiene la cultura occidental en el mundo actual. Japón, Singapur, China y, en menor medida, Taiwán, Tailandia y Corea del Sur son nuevos actores en esta competición por la influencia cultural, o por lo menos así lo demuestran con su penetración cultural y artística en las sociedades de Occidente, cuyo ejemplo más básico se observa en la denominada gastrodiplomacia o diplomacia culinaria. Algunos analistas aducen que esta irrupción de culturas no occidentales se produce en detrimento de la predominancia de la cultura occidental en el mundo y vaticina el fin de la misma.

En el caso de Corea del Sur, la utilización del poder blando ha venido complementando al rápido desarrollo de sus capacidades materiales, tanto económicas como militares, en un entorno geopolítico muy complejo. La influencia cultural surcoreana se puede observar en su industria cinematográfica, aclamada en un primer momento por las audiencias internacionales en 2020, año en el que el largometraje Parásitos fue galardonado por los festivales de cine más prestigiosos a nivel mundial. La calidad y el reconocimiento de las producciones audiovisuales surcoreanas se ha vuelto a reafirmar con el Juego del Calamar, una serie de Netflix que ha revolucionado las redes sociales y que ha generado cierta polémica sobre los peligros que puede desentrañar un capitalismo liberal a ultranza en las sociedades occidentales.

Es indiscutible que el poder blando de Corea del Sur está aumentando, y este auge no es un fenómeno espontáneo, sino que se debe asociar a un proceso progresivo de enriquecimiento y fortalecimiento de la cultura e identidad y una potenciación de la diplomacia cultural, una influencia silenciosa que el país lleva ejerciendo desde los años noventa, periodo durante el cual se dio el aperturismo a los mercados e influencias culturales extranjeras.

Hallyu, la ola gigante de esplendor cultural surcoreano

En la década de los noventa surgió un gran movimiento artístico, Hallyu o la Ola Coreana de cultura, con la que se originó una renovada cultura pop propia, con una marcada influencia japonesa y estadounidense, y que encontró su público objetivo en una clase media cada vez más abundante. Este fenómeno de proliferación de manifestaciones culturales fue promovido directamente desde las instituciones gubernamentales. Así, la prevalencia global de la cultura surcoreana responde a una estrategia a largo plazo del gobierno, y en particular del Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo y de organizaciones como la Korea Foundation for International Culture Exchange (KOFICE), que han facilitado la consolidación de una marca Corea a través del subsidio de la cultura, la lengua y la gastronomía para su exportación.

Desde entonces, Corea del Sur se ha convertido en una potencia exportadora de cultura y turismo, marcando diversas tendencias mundiales entre las que destacan los K-Dramas, el Muk-bang o el K-Pop. Poco a poco, la gastronomía surcoreana, con superalimentos como el kimchi y experiencias culinarias como la barbacoa coreana o las banderillas coreanas, está integrándose en la amplia lista de productos y platos extranjeros que hemos incorporado a nuestros hábitos alimentarios. Esta diplomacia del kimchi o el éxito internacional de sus series y películas se tratarían de fenómenos de bajo perfil, sobre todo si lo comparamos con el elemento estrella de la diplomacia cultural surcoreana, el K-Pop, gracias al protagonismo e impacto internacional de artistas como BTS, PSY, EXO o BLACKPINK.

El K-Pop, un fenómeno transnacional con mucho recorrido

Aunque el fenómeno moderno del K-Pop surgió a partir de los años noventa, con el ascenso al escenario internacional de Seo Taiji & Boys, que incorporaron al pop coreano letras en inglés, elementos del hip-hop y coreografías elaboradas, no trascendería los límites de la sociedad surcoreana hasta 2011, con la creación del grupo sinocoreano EXO. Este grupo, todavía activo, estaba compuesto por nueve miembros e interpretaba sus canciones en coreano y mandarín, extendiendo de esta forma su audiencia a los sinoparlantes. La formación de este grupo no fue puro azar, sino que respondía a una centralización, similar a la que se observa en los chaebols, o grandes conglomerados industriales de automóviles y productos electrónicos, del sistema de estrellas del K-Pop. Este sistema centralizado, con los Big 3 —SM Entertainment, JYP Entertainment y YG Entertainment— en la cúspide, recluta, gestiona y capacita a los artistas de pop, cuidando sus habilidades y su imagen pública desde una etapa muy temprana.

Unos años después del discreto éxito de EXO, un artista surcoreano en solitario, Park Jae-sang, más comúnmente conocido por su nombre artístico, PSY, revolucionaría las redes sociales con su exitoso tema musical Gangnam Style. Desde entonces, muchos artistas y grupos de pop surcoreano, cuyo carácter nos evoca a una mezcolanza entre las boy bands estadounidenses y el fenómeno idol japonés, se han convertido en superestrellas mundiales que han conquistado a los más jóvenes con su música atractiva y sus coreografías revitalizadoras, y han creado sus propias subculturas fandom.

El caso más paradigmático es el de BTS, una banda de K-Pop que desde sus inicios se desmarcó del sistema de los Big 3 y se presentó como producto más genuino, sin filtros y con una mayor cercanía a sus seguidores, en contraste con las superestrellas estilizadas y manejadas por los dictados de las grandes agencias. Su influencia sobre las generaciones más jóvenes es reconocida por las instituciones internacionales, como la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU). En este sentido, cabe recordar las recientes intervenciones de este grupo, como representante de la juventud, en la Asamblea General (en 2018, 2020 y 2021), y su estrecha colaboración con UNICEF en la campaña “LOVE MYSELF”  para acabar con el bullying y promover la autoestima. Otro ejemplo de su activismo por causas sociales trascendentales es su implicación en el movimiento Black Lives Matter (BLM).

BTS y la diplomacia de las boy bands

Este activismo de estrellas de fama mundial como BTS no es un fenómeno novedoso. En el pasado, otras celebridades han intervenido en Naciones Unidas y en otros foros internacionales para crear conciencia sobre cuestiones sociales y problemas transnacionales. Muy sonadas fueron las intervenciones de Shakira, Leonardo DiCaprio, Angelina Jolie o Emma Watson ante los delegados de las Naciones Unidas. La participación de estas grandes figuras mediáticas en los foros internacionales, desde un punto de vista mediático, es benigna, puesto que puede concienciar y marcar el ritmo de las negociaciones sobre cuestiones simples. Sin embargo, una de las críticas más habituales a este tipo de participación es que las “celebridades diplomáticas” (celebrity diplomats) no son verdaderos diplomáticos, es decir, las celebridades no disponen de conocimientos sobre cuestiones complejas y podrían llegar a trivializar los asuntos más complejos.

Volviendo al caso de BTS, cabe destacar una particularidad que presenta el grupo surcoreano en comparación a otras celebridades, y esta está relacionada con el estatus que ostentaban en su última intervención desde el podio de mármol verde. En esta ocasión, el grupo fue invitado por el presidente surcoreano, Moon Jae-In, en calidad de Enviados Presidenciales Especiales para las Generaciones Futuras y la Cultura para la promoción de la diplomacia y la atracción de generaciones jóvenes. Este gesto fue visto como una muestra de apoyo y un reconocimiento expreso del gobierno surcoreano a la influencia de las estrellas de pop en la arena diplomática. Así lo han expresado varios analistas, con la instrucción de una nueva etiqueta, la boy band diplomacy, que se suma a una larga lista de diplomacias, donde se incluyen la vaccine diplomacy, hostage diplomacy o la debt-trap diplomacy. La lectura geopolítica de este apoyo es que se trata como un paso hacia adelante de la Casa Azul —o, Cheongwadae, la oficina y residencia oficial del Presidente de la República de Corea— hacia una mayor internacionalización de la marca Corea.

El apoyo recíproco de la Casa Azul y de los artistas de K-Pop va más allá de lo puramente estético y se extiende a su vez a los gobiernos subnacionales. Desde hace unos años, el Gobierno Metropolitano de Seúl ha ido concediendo a varios artistas de K-Pop el título de Embajador Honorario de Turismo para Seúl. Uno de los escollos que tienen que afrontar estas jóvenes estrellas es la conscripción. De acuerdo con la Constitución de la República de Corea de julio de 1948, todos los ciudadanos tienen el deber de la defensa nacional bajo las condiciones prescritas por la Ley de Servicio Militar (Artículo 39). Esta obliga a los ciudadanos entre 18 y 28 años a alistarse para cumplir dos años de servicio militar obligatorio. La exención de esta obligación fue introducida en 1973, y estaba reservada a los atletas que representaban al país en competiciones internacionales. Este privilegio se extendió a algunos músicos, actores y bailarines, pero no a los artistas de K-Pop.

Debido a esto, muchos grupos de K-Pop se han disuelto temporalmente o han cambiado a sus integrantes, como el grupo Big Bang. No sería hasta el pasado de mes de diciembre cuando el parlamento surcoreano sancionaría una enmienda de la ley, a petición del miembro del Partido democrático Jeon Yong-gi, que permitirá a los artistas de K-Pop, con la recomendación del Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo, posponer esta obligación hasta los 30 años. Esta modificación de la Ley de Servicio Militar es muy significativa, sobre todo si tenemos en cuenta los altos niveles de patriotismo surcoreano y su necesidad de contar con recursos militares en un entorno cada vez más conflictivo, marcado por la diplomacia de cañonero (gunboat diplomacy) de sus vecinos y en plena carrera armamentista con el norte.

Por el momento, esta diplomacia de las boy bands no ha excedido los límites de lo que han venido acostumbrando otras superestrellas en los foros internacionales. Sin embargo, viendo su clara vinculación formal a la diplomacia pública de la Casa Azul, cabe preguntarse de qué otra manera podría ser instrumentalizada por los líderes surcoreanos, y sobre todo si este activismo llegará a ampliarse a las relaciones bilaterales de Seúl con otros países. En 2018, se dio un ejemplo de la utilización del K-Pop como herramienta para mejorar la cooperación intercoreana, con la actuación de la girl band Red Velvet en Pyongyang. Es indudable que el recurso potencial a esta diplomacia de las boy bands podría resultar muy beneficioso al gobierno surcoreano. La reputación internacional se ha convertido en uno de los elementos más importantes de la República de Corea. Una buena reputación le podría abrir muchas puertas, ampliando su agencia para establecer acuerdos de cooperación y ejercer un liderazgo en instituciones internacionales.

Por Omar Benaamari Hedioued

Estudiante del Máster en Periodismo Internacional (URJC). Interesado en la política de los países del Sudeste Asiático y Asia Central y la genealogía del Islam en el conjunto de los países del continente asiático.

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