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El Uzbekistán de Shavkat Mirziyoyev: la reforma autocrática

Shavkat Mirziyoyev llegó al poder en Uzbekistán en 2016 con la promesa de reformar la economía, el Estado, la política exterior… dejando atrás el antiguo régimen de Islom Karimov. Pero ¿lo ha hecho de verdad o estamos ante una reforma cosmética?

2016 fue un año clave para Uzbekistán. Tras 27 años al frente del Gobierno, finalmente falleció Islom Karimov. Habiendo llegado al poder tras una mediocre carrera como un apparatchik uzbeko más, desde 1989 Karimov gobernó Uzbekistán con puño de hierro, imponiendo un régimen neopatrimonialista, en el que el poder y los recursos estaban repartidos entre unas cuantas élites, destacando el propio Karimov y su familia, en detrimento del resto de la población, mucha de la cual se vio obligada a emigrar a Rusia ante la falta de oportunidades.

Al mismo tiempo, el autoritarismo de su Gobierno fue tal que rivalizaba con el régimen distópico turkmeno. Aunque existen miles de casos de presos políticos, represión, esterilización forzada de miles de mujeres… que sirva como ejemplo la matanza de Andiyán de 2005, donde la respuesta de las autoridades ante una manifestación pacifica dejó tras de sí cientos de muertos. La justificación siempre era la lucha contra el terrorismo islamista, representado por el Movimiento Islamista de Uzbekistán (MIU) y la presencia talibán en Afganistán, y con este argumento puso el pie sobre el cuello de la sociedad.

Pero por si no fuera poco, Karimov llevó a Tashkent al aislacionismo: siempre tuvo unas relaciones muy tensas con el resto de repúblicas centroasiáticas, enfatizando el conflicto por encima de la cooperación; Andiyán agrió las relaciones con Estados Unidos, con quien había colaborado activamente con respecto a la intervención en Afganistán; nunca se llegó a entender positivamente con Rusia; siempre se mantuvo alejado de Turquía… Seguramente, el único socio con el que mantuvo unas relaciones relativamente cordiales fue China.

Así, a su muerte, Karimov dejó como herencia un país en crisis económica, profundamente corrupto y autoritario y aislado internacionalmente. Y teniendo en cuenta que su sucesor, Shavkat Mirziyoyev, había sido nada menos que el Primer Ministro del país desde 2003 las perspectivas no eran nada halagüeñas. No obstante, Mirziyoyev tenía otros planes.

Tras afianzarse en el poder, el nuevo Presidente, sorpresivamente, se distanció de su predecesor y anunció su intención de llevar a cabo toda una serie de reformas en aras de sacar al país del atolladero al que lo había llevado Karimov, lo que se traduciría en 4 ámbitos: apertura económica revolución en la administración estatal, ciertas mejoras en derechos humanos y una política exterior activa.

La economía uzbeka se abre al mundo

El plato fuerte de las reformas fue, indudablemente, la esfera de la economía. Mirziyoyev se encontró una economía estancada y anquilosada, herencia de la época soviética, que había sido patrimonializada por las principales élites y estaba en buena medida cerrada al exterior, si bien dependiente de las remesas de los inmigrantes que habían abandonado el país, principalmente con destino a Rusia.

La respuesta del nuevo Presidente fue apostar por la liberación económica y la apertura del país para procurar atraer una inversión extranjera enormemente necesitada. La primera, y probablemente más importante medida, fue liberalizar la divisa uzbeca: el som. Para ello, en 2017, el Banco Central tuvo que devaluarlo en hasta un 48%, en aras de unificar el tipo de cambio oficial con el del mercado negro —enormemente desarrollado en el país—. Esta, junto a otras medidas como reformar el sector bancario, privatizar empresas públicascon el objetivo de reducir en un 75% el número de estas para 2025, reducir impuestos a las empresas o remover barreras administrativas buscan hacer a Uzbekistán más atractivo para los inversores internacionales, anteriormente reticentes en  tiempos de Karimov.

Esto ha sido combinado con otras actuaciones, como reducir los aranceles para incentivar el comercio, que pasó de 16,66 mil millones de dólares en 2015 a 35,6 mil millones en 2019, un aumento de casi un 214% en solo 4 años. En este contexto, Mirziyoyev ha impulsado las negociaciones para ingresar en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y en otros bloques comerciales como la Unión Económica Euroasiática (UEEA).

Al mismo tiempo, se ha embarcado en otro tipo de proyectos como el plan Tashkent City, que ha remodelado la capital del país buscando convertirlo en un centro financiero. Y no hay que olvidar otra de las grandes apuestas del país como es el turismo, habiendo pasado de 2,03 millones de turistas en 2016 a 6,75 en 2019.

Fuente: Banco Mundial y Banco de Desarrollo Asiático (2021 y 2022 son proyecciones)

Así, como podemos ver en el gráfico, las medidas de Mirziyoyev estimularon ligeramente la economía, que había comenzado a reducir su rendimiento en 2015. No fue un cambio espectacular, aunque sí efectivo, y es posible que los efectos más positivos de la reforma se vean a medio plazo.

Obviamente, la pandemia de la COVID-19 tuvo grandes efectos económicos. Seguramente el más desastroso de todos fue la grave caída de las remesas recibidas del extranjero en cerca de un 20%, consecuencia del cierre de la economía rusa —y de otros países—, un duro golpe teniendo en cuenta que en 2019 estas rentas representaban cerca de un 15% del PIB del país. No obstante, pese a todo, Uzbekistán logró crecer en 2020 en un 1,65% y en 2021, si se cumplen los pronósticos, crecerá alrededor de un 5%, todo ello a la vez que las remesas del extranjero empiezan a recuperar sus niveles prepandemia.

Además, cabe destacar que, en 2020 —4 años después de asumir el cargo—, Mirziyoyev rompió con un tabú de la era de Karimov que venía a afirmar que en Uzbekistán no existía la pobreza, pese a que afectara a entre un 12 y un 15 por ciento de la población —según la línea establecida por el Banco Mundial, es decir menos de 1.90 dólares al día—. En este sentido, anunció toda una serie de medidas para intentar atajar este problema, así como la creación de un Ministerio para el Desarrollo Económico y la Reducción de la Pobreza.

Más allá de todos los avances, es cierto que sobre la economía podría cernir una espada de Damocles en forma de deuda y de inflación. En cuanto a la deuda, esta ha aumentado de un 11,5% con respecto al PIB en 2016 a un 40,4% en 2020. La inflación, por su parte, se encuentra en dobles dígitos por culpa de la pandemia y la apertura económica del país. Esto podría suponer una amenaza al crecimiento uzbeko, aunque por otro lado es cierto que, en cuanto a la deuda, un 40,4% no es tan elevado comparativamente hablando y Uzbekistán cuenta con enormes reservas extranjeras heredadas de los tiempos de Karimov con las que puede hacer frente sin problemas a sus pagos, por lo que no es un dato preocupante. Por otro lado, existe cierto optimismo en Tashkent con respecto a la inflación, con un pronóstico del Banco Central de que bajará a un 5% en 2023.

Una nueva Administración reformista, y leal

Por otro lado, Mirziyoyev ha sustituido a todos los principales cargos del Estado de la era Karimov, con excepción del ministro de Asuntos Exteriores, Abdulaziz Kamilov. Esto ha afectado a ministros, viceministros, directores ejecutivos de las principales empresas… pero también a instituciones a nivel local. En su lugar, se ha apoyado principalmente en una nueva generación de tecnócratas, comprometidos con la reforma, pero, sobre todo, leales a él.

De esta forma, Mirziyoyev ha buscado nuevos apoyos para llevar a cabo las reformas y asegurar su posición, pues tras la muerte de Karimov tuvo que hacer frente a numerosos rivales, como los casos del ministro de Finanzas, Rustam Azimov, y el jefe del Servicio Nacional de Seguridad —el sucesor del KGB—, Rustam Inoyatov, a quienes logró quitarse de encima purgándoles de sus cargos.

Además, Mirziyoyev ha llevado a cabo algunas acciones para combatir la corrupción rampante que asola al país como con el Programa Anti-Corrupción del Estado (2017) o la creación de la Agencia Anti-Corrupción (2020), lo que ha derivado en algunos casos muy sonados como el encarcelamiento de la hija de Karimov, Gulnara Karimova.

Puño de hierro… ¿con guante de seda?

Por otro lado, el que era un Estado profundamente autoritario en tiempos de Karimov comenzó a suavizar sus políticas coercitivas para con la disidencia y las opiniones alternativas. En aras de mejorar la imagen del país, enormemente deteriorada por las obscenas violaciones de derechos humanos y la falta de cualquier atisbo democrático de los tiempos de su predecesor, lo que suponía un grave problema en relación, sobre todo con los países occidentales, Mirziyoyev liberó a varios de los presos políticos de la era de Karimov, prohibió el uso de la tortura y cerró la notoria Prisión Jaslyk, uno de los principales centros represivos del país, localizada en Karakalpakstán. A la vez, se ha perseguido con más insistencia el uso de trabajo forzoso en la recogida de algodón, una práctica muy extendida en tiempos de Karimov, con algunos resultados positivos.

La bandera de Karakalpakstán, una república olvidada.

Karakalpakstán, la República olvidada

Asia Central es una región marcada por una gran diversidad. Las cinco etnias principales (kazajos, uzbekos, kirguisos, turkmenos y tayikos), que constituyen cada una de ellas un Estado propio, se encuentran a lo largo de toda la región, a la vez que coexisten con toda una serie de minorías sin Estado como los dunganos, los koryo-saram, los tártaros, los uigures, los pamiris… Sin embargo, en Uzbekistán, paradigmáticamente existe otra minoría con Estado, pero dentro de un Estado, los karakalpakos. […]

Al mismo tiempo, siguiendo a Navbahor Imamova, ha habido una cierta mejora en el clima de la opinión pública. Mientras que con Karimov cualquier opinión discorde o mínimamente crítica era perseguida, ahora los uzbekos son alentados a discutir sus problemas —entre ellos o, incluso, con oficiales, incluido Mirziyoyev, quien desde 2016 ha llevado a cabo varios viajes por todo el país para escuchar los problemas de la gente— e incluso a criticar ligeramente a las autoridades, aunque dentro de unos límites. Aquí, las redes sociales se han convertido en espacios de debate y se ha multiplicado el número de blogueros y activistas.

Esto se ha traducido en una pequeña mejora con respecto a los medios de comunicación, que hoy se enfrentan a una menor censura a la hora de cubrir eventos políticos, corrupción, violaciones de derechos humanos, criticar  a las autoridades —aunque sin tocar en exceso a los pesos pesados del sistema— o mencionar temas tabúes para las autoridades, como la masacre de Andiyán. En este sentido, según el World Press Freedom Index, Uzbekistán ya no se encuentra en una situación “muy seria”, aunque sigue estando en una “situación difícil”.

El World Press Freedom Index es un índice recopilado por Reporteros Sin Fronteras que mide el nivel de libertad de prensa de cada país en una escala del 0 al 100, en el que el 0 es el mejor resultado posible y 100 el peor. Una situación “muy seria” se produce cuando un país se encuentra entre 55,01 y 100 puntos y una “difícil” cuando está entre 35,01 y 55 puntos.

A por el liderazgo regional

Por último, probablemente la reforma más original llevada a cabo en tiempos de Mirziyoyev tiene que ver con el radical cambio en política exterior por parte de Tashkent. Ya desde un inicio, el nuevo presidente buscó activamente sacar a Uzbekistán de su aislamiento impuesto por Karimov desarrollando una política “multivector” hacia varios actores. Y uno de los pilares de esta política ha sido la distensión y acercamiento a todos sus vecinos centroasiáticos, resolviendo varias áreas de conflicto —especialmente relacionadas con la construcción de presas hidroeléctricas en Kirguistán y Tayikistán—, impulsando el comercio bilateral y, lo que es más importante, abanderando los primeros pasos de una cooperación regional centroasiática en creación, donde Tashkent aspira a ser la piedra angular de este proceso, todavía limitado y basado en ir dejando atrás los elementos de conflicto en pos de cooperación. Para ello, se ha aprovechado de que Kazajstán se encuentra en un periodo de concentración interna por la transición en el poder de Nursultán Nazarbayev a Kassym-Jomart Tokayev, lo que permite a Tashkent asumir un rol de liderazgo indisputado.

Por otro lado, Mirziyoyev ha impulsado una mejora de las relaciones con todas las potencias, con un claro foco económico en aras de atraer inversiones y comercio. Con Moscú, Tashkent ha aumentado en buena medida el comercio bilateral, ha firmado un contrato para la construcción de una central nuclear con Rosatom —la principal empresa nuclear rusa— y contempla la posibilidad de unirse a la UEEA —lo que podría anunciarse a final de año en la visita que Mirziyoyev hará a Moscú—. Con Beijing, su principal socio comercial, Tashkent busca atraer la inversión china en el contexto de la Iniciativa de la Franja y de la Ruta —la nueva ruta de la seda— para seguir modernizando la economía del país. Al mismo tiempo, las reformas económicas y sociales han mejorado la imagen del país en Occidente, de donde Mirziyoyev busca atraer inversión y aumentar el comercio.

¿Una reforma cosmética?

Este esfuerzo le ha valido a Mirziyoyev la fama de reformista y ha llevado a que The Economist eligiera a Uzbekistán como el país con una mayor mejoría en 2019. Además, el propio Mirziyoyev viene a afirmar que las reformas no han terminado: “El Uzbekistán de hoy no es el Uzbekistán del pasado […] [pero] no es el Uzbekistán con el que soñamos. Aún tenemos por delante un camino largo y espinoso”. No obstante, aun teniendo en cuenta la autocrítica, lo cierto es que el Uzbekistán de hoy sigue teniendo mucho más en común con el del pasado de lo que el Presidente está dispuesto a admitir.

Aunque las reformas económicas han sido muy importantes, el país sigue siendo un régimen profundamente neopatrimonial y desigual, donde han sido principalmente las élites las que más se han beneficiado de la apertura económica. Estas últimas, además, son un impedimento a cualquier intento de reforma más integral que amenace sus privilegios, si es que Mirziyoyev tiene intención de hacerlo. A su vez, siguen persistiendo otros problemas como la pobreza —contra la que se ha empezado a actuar tarde y queda por ver si efectivamente, teniendo en cuenta la rapacidad de las élites del país— o la corrupción —que sigue siendo rampante e incluso creció durante la pandemia—.

Por otra parte, aunque un relevo generacional era necesario para implantar los cambios que Uzbekistán necesita, lo cierto es que, con los cambios en los altos cargos del país, Mirziyoyev también buscaba consolidar su red de poder, muy en entredicho al inicio de su mandato, y apartar a aquellas figuras que podían rivalizar con él. A la vez, como hizo el propio Karimov y otros tantos dictadores centroasiáticos, Mirziyoyev ha nombrado a miembros de su familia en cargos de enorme importancia, solidificando todavía más su posición.

Además, las ligeras mejoras en el ámbito de los derechos humanos, particularmente en la libertad de expresión o de prensa, no se han traducido en una transformación democrática, o tan siquiera en el fin del Estado policial. Siguiendo a Human Rights Watch, “[m]uchas promesas de reforma siguen sin cumplirse. Miles de personas, especialmente creyentes religiosos pacíficos, siguen en prisión bajo cargos falsos. El Servicio de Seguridad Nacional todavía mantiene fuertes poderes para detener a quien perciba como crítico y no hay un pluralismo político genuino”. Que sirva como ejemplo el caso del bloguero Miraziz Bazarov, crítico con Mirziyoyev y que recibió este año una paliza por parte de asaltantes anónimos por defender los derechos de la comunidad LGTB+ para, una vez salido del hospital, ser puesto bajo arresto domiciliario.

Además, las elecciones siguen siendo, básicamente, una farsa. El pasado 24 de agosto, se produjeron comicios presidenciales que, como era de esperar, han dado como ganador a Mirziyoyev y su Partido Liberal Democrático (PLD) con un 80,1%. Es cierto que se trata, sin duda, de la figura más popular del país, pero ganar unas elecciones se vuelve una tarea más fácil cuando tus únicos 4 rivales pertenecen todos a Partidos pro-gubernamentales que no se pueden calificar ni como “oposición sistémica”, con unos candidatos que ni siquiera critican al Presidente —estos son: Bahrom Abduhalimov, del Partido Adolat (“Justicia”), Alisher Qodirov, del Milliy Tiklanish (“Revivir Nacional”), Narzullo Oblomurodov, del Partido Ecológico y Maksuda Varisova, del Partido Democrático Popular de Uzbekistán—, y prohíbes la candidatura de todo candidato opositor fuera del sistema —Jidirnazar Allakulov, del Hakikat va Tarakkiyot (“Verdad y Progeso”), Mahmudjon Yoldoshev, del Xalq Manfaatlari (“Intereses del Pueblo”) o Jahongir Otajanov, del Erk (“Libertad”)—. De esta forma, no es de extrañar que la misión electoral de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) haya definido estas elecciones como «no verdaderamente competitivas«.

Una reforma autoritaria

Y es que las reformas de Mirziyoyev, verdaderamente, no han buscado romper con los principales pilares del régimen, sino hacerlo más funcional y eficaz. Mirziyoyev llegó al poder en un momento en el que el país estaba en una situación muy delicada, que podría desembocar en cualquier momento en el desencadenamiento de protestas contra un régimen incapaz de cumplir con las expectativas de la población. A esto respondió embarcando al país en la búsqueda de estabilidad socioeconómica para apuntalar el sistema y a si mismo.

Para ello, el leitmotiv de la reforma ha sido la economía. Abriendo la economía uzbeka, Mirziyoyev busca lograr un cierto desarrollo que aumente el nivel de vida de la población para así cementar su legitimidad. Aflojando el yugo sobre la sociedad civil uzbeka, intenta liberar algo de presión para prevenir una explosión inesperada, como fue Andiyán, y lavar la cara del país ante sus socios extranjeros. Finalmente, llevando a cabo una política exterior activa, donde el componente económico es muy importante, acompaña todo este proceso para crear un Uzbekistán más próspero, abierto, pero, sobre todo, gobernado y patrimonializado por Mirziyoyev y sus aliados.

Con estas elecciones, Mirziyoyev acaba de llegar al ecuador constitucional de su Gobierno, pues el artículo 90 de la Constitución limita el mandato presidencial a dos legislaturas, por lo que no podrá presentarse a la reelección en 2026. Para entonces tendrá 79 años, lo que probablemente le desincentivará de cambiar la Constitución —o saltársela a la torera, como hizo Karimov— para alargar su mandato, por lo que cabe preguntarse qué herencia dejará a su sucesor.

Mirziyoyev recibió un país pobre, represivo y aislado, y en 5 años ha logrado transformarlo hacia un modelo más eficaz de autocracia, probablemente mirando a ejemplos cercanos como Kazajstán. Si mantiene su impulso reformista, es probable que deje tras de si un Uzbekistán más próspero, con una posición regional e internacional envidiable. Y, entonces, esa nueva generación de reformistas que ha llevado al poder quizá pueda llevar las reformas a otro nivel, rompiendo con el autoritarismo y la patrimonialización del Estado por parte de unas antiguas élites rapiñadoras que solamente velan por su propio interés. No obstante, si Mirziyoyev decide que ya ha consolidado su poder y que no es conveniente pasarse de reformista, en unos pocos años el país podría encontrarse con un nuevo Karimov. Reforma o estancamiento, ese es el dilema al que se enfrentará el país en los próximos 5 años.

Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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