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El juego del calamar: un reflejo de la sociedad surcoreana con el cual se identifica Occidente

El gran éxito de «El Juego del Calamar» tiene mucho que ver con la identificación individual que la población ha experimentado visionándola. Pese a que la crítica que se realiza es claramente hacia la situación de la sociedad surcoreana, esta ha conseguido traspasar fronteras y hacer que los ciudadanos de otros países también se sintieran identificados en cierta medida con la desesperación que consiguen proyectar los personajes.

La cultura es una herramienta de política internacional que cada vez más Estados utilizan. Para poder exportarla, es necesario que existan tanto canales de transmisión de la misma como una potente industria que sea capaz de generar nuevos productos al que habituar al público receptor. Conscientes de ello, desde Corea del Sur se ha ido aumentando gradualmente la inversión y la producción a lo largo de las últimas dos décadas de una manera nunca antes vista.

Los resultados de esta dinámica se han dejado notar en el reconocimiento internacional, siendo el mayor ejemplo el Óscar a la mejor película logrado por la película Parásitos, dirigida por Bong Joon-ho, en 2020. A su vez, la industria musical también está contribuyendo a esta expansión del poder cultural surcoreano, grupos de boybands y cantantes como BTS o Psy han llevado los sonidos de las calles de Seúl al resto del mundo.

Este auge no está dando signos de llegar a su cénit ni mucho menos, hecho que nos ha demostrado el éxito de la serie “El juego del calamar”. La producción ya se ha convertido en la serie más vista de la historia a nivel mundial de la plataforma de streaming Netflix, superando a otras superproducciones como La Casa de Papel o Stranger Things. A grandes rasgos la historia se centra en la celebración de un juego mortal con un premio multimillonario en el que participan personas de todas las edades y orígenes que solo tienen en común una cosa: las deudas y la falta de dinero para poderlas hacer frente. La acción es gráfica, macabra y sobre todo juega mucho con la tensión psicológica. En líneas generales y superficialmente, podríamos decir que eso es todo, pero las producciones audiovisuales surcoreanas suelen caracterizarse por realizar con maestría una profunda crítica social siempre que pueden; y en este caso, el juego del calamar no es una excepción.

Los nexos de unión utilizados para conectar a los personajes no son un recurso artificial del guión, sino que también proyectan realidades presentes pero silenciosas de la sociedad surcoreana actual, el endeudamiento familiar y los suicidios como consecuencia de ello. Corea del Sur es el Estado asiático con mayor deuda privada por habitante. El conjunto total de la misma supera ya más del 100% del PIB nacional. Este endeudamiento es consecuencia de una sociedad configurada salvajemente alrededor de una nula cobertura social por parte del Estado y de un consumismo desmesurado instaurado por la influencia de un capitalismo liberal a ultranza. Además, Corea del Sur es el país con más suicidios por habitante en todo el continente desbancando a Japón, el cual en la cultura popular siempre se ha llevado ese trágico logro.

El gran éxito de la serie de Netflix tiene mucho que ver con la identificación individual que la población ha experimentado visionándola. Pese a que la crítica que se realiza es claramente hacia la situación de la sociedad surcoreana, esta ha conseguido traspasar fronteras y hacer que los ciudadanos de otros países también se sintieran identificados en cierta medida con la desesperación que consiguen proyectar los personajes. Vivir en un mundo pandémico ha provocado que la incertidumbre sea la norma vigente, lo que provoca que vivamos bajo una sensación de inseguridad constante. Esta sensación se agudiza sobre todo en la población menor de 35 años, la cual ha sufrido dos crisis económicas en menos de 20 años y cuentan con unas expectativas de futuro ya de por sí poco esperanzadoras. Todo ello unido a un mundo en el que la perfección es cada vez más estilizada en las redes sociales, lo que genera la existencia de una sensación de fracaso e involución general.

Este panorama ha constituido un caldo de cultivo perfecto para que El juego del calamar esté siendo un éxito, ya que este no solo reside en la trama, sino también en cómo el reflejo de la cultura y la economía surcoreana ha conseguido derrumbar las barreras culturales con Occidente y hacer que su población pueda verse identificada con los personajes presentados.

En la serie es también constante la referencia a la igualdad. En el juego todo el mundo es igual y juegan bajo las mismas reglas. Es un sitio donde por primera vez los participantes pueden luchar por lo que quieren sin importar quiénes son. Este planteamiento viene a criticar la profunda desigualdad social existente en Corea del Sur y es que hablamos de una economía muy corporativa y basada en una meritocracia académica a la cual no todo el mundo tiene acceso. La inmovilidad social es gigantesca, por lo que la sensación de determinismo vital está presente siempre.

No obstante, Corea del Sur no es el único sitio donde está teniendo lugar esta tendencia. El Contrato Social, base de toda construcción en la Unión Europea (UE), se ha roto y Europa actualmente atraviesa una crisis de identidad basada en que las sociedades del Estado del Bienestar se derrumban en favor de un mundo cada vez más desigual. La progresiva concentración de la riqueza en unas pocas manos ha generado una mayor inequidad en el continente, hecho que motiva aún más la conexión que el que visualice esta serie puede sentir.

No es de extrañar, por tanto, que lo ciudadanos europeos también se identifiquen con esta crítica social. Según el Eurostat, en el año 2018, el 16,8% de la población de la UE se encontraba en riesgo de pobreza, cifra que se acentúa más si miramos hacia países del Sur como Rumanía (23,5%), Bulgaria (22%) o incluso España (21,5%). Todo esto sin contar con lo que ha supuesto la pandemia de la COVID-19.

En conclusión, El juego del calamar es una producción que habla mucho más allá de la crítica social a la sociedad surcoreana. Desde mi perspectiva, el éxito de la serie es un espejo de la situación de las sociedades capitalistas actuales de Occidente y sus ciudadanos. Ello nos debería de poner en preaviso sobre el futuro al que nos dirigimos y la deshumanización aparentemente progresiva del mismo que se está sucediendo. Las distopías son distopías hasta que dejan de serlo, lo cual pasa bastantes más veces de las que nos gustaría admitir.

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