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El Afganistán Talibán (III): el Gobierno de los Talibán, entre la moderación y la radicalidad

Ahora que los Talibán han ganado la guerra, las distintas facciones se encuentran enzarzadas en una lucha por el poder: entre ellas, con las bases y con otros grupos fundamentalistas. Pero el verdadero gran dilema al que tendrán que responder los Talibán es el de moderación o radicalidad.

En el artículo anterior, habíamos atendido a la historia de los Talibán entre 2001 y 2021, particularmente a su caída y regreso debido, respectivamente, a la intervención y a la retirada estadounidense. Tras 20 años de insurgencia, billones de dólares gastados y cientos de miles de vidas perdidas, los Talibán han terminado por triunfar.

A día de hoy, han invadido todo el país y derrotado los principales focos de resistencia armada. No existe una amenaza militar que a corto plazo pueda negarle sus recientes victorias al movimiento y todo parece indicar que en los próximos años tendremos ante nosotros un Afganistán dominado por y para los Talibán.

No obstante, aún tenemos que analizar qué clase de régimen está surgiendo en Kabul. Y aquí, la cuestión clave tiene que ver con si los Talibán gobernarán siguiendo las mismas ideas radicales del periodo de 1996-2001, que alienaron a la población urbana y a las minorías étnicas, suscitaron la condena internacional y, en última instancia, debido a sus vínculos con grupos terroristas internacionales, supuso su fin o si optarán por una relativa moderación que resulte aceptable a la comunidad internacional, aunque contradiga algunas de sus principales ideas y pueda resultar peligrosa en relación a sus bases y a otros grupos extremistas. El cómo resuelvan este dilema tendrá repercusiones enormes con respecto a la gobernabilidad de un país tan grande y diverso y tan necesitado de ayuda extranjera.

¿Moderación o Radicalidad?

Cuando los Talibán llegaron al poder en los años noventa, bebiendo del propio islam deobandí —radical en sí mismo— y de la pashtunwali o código tribal pastún —enormemente conservador—, establecieron un régimen radical en todos sus aspectos.

En primer lugar, la llegada de los Talibán se vio acompañada de un retroceso en la gobernanza. Por un lado, muchos de los principales cuadros del país abandonaron el país en las distintas olas de refugiados, temerosos de las ideas que traía consigo el grupo. Por otro lado, los Talibán prohibieron el trabajo femenino fuera del sector sanitario, lo que en una Administración que llevaba décadas contando con un gran número de mujeres significó un duro golpe, especialmente en el sector educativo, siendo las mujeres mayoría entre el profesorado de varias de las principales ciudades, lo que llevó a una pausa de la educación. La pérdida de experticia fue reemplazada por cuadros talibán, cuya única formación era religiosa y militar. No había economistas, ingenieros, políticos, diplomáticos… dentro del movimiento, lo que tenía también que ver con sus ya mencionados orígenes humildes.

Pero es que además las decisiones políticas no descansaban en Kabul sino en la Shura de Kandahar o Rabbari Shura, el máximo órgano del Movimiento, donde el Mulá Omar, en su condición de Amir al-Mu’minin o Comendador de los Creyentes —solo reconocido así por los Talibán— disfrutaba de una posición de primus supra pares. Esto generaba enormes problemas de gobernanza, pues cualquier decisión de Kabul tenía que pasar necesariamente por Omar. Por ejemplo, en 1997, cuando el Gobierno de Kabul llegó a un acuerdo con el embajador de EE. UU., Bill Richardson, para parar su ofensiva en el Hazarajat y revisar su política de género, al día siguiente Omar dio marcha atrás, desautorizando a Kabul. Así, se vivía en un auténtico desgobierno.

Por otro lado, tanto el Gobierno de Kabul como la Rahbari Shura estaban monopolizadas por pastunes, especialmente pastunes durranís, sin apenas incluir a tayikos, uzbekos o turkmenos y marginando completamente a hazaras y otras minorías chiíes. Esto mismo sucedió en la administración de las distintas ciudades y regiones, incluso en zonas sin apenas población pastún. El idioma darí —así como otros idiomas minoritarios—, dialecto local del persa y lengua franca tradicional del país, se vio completamente desplazado por el pastún, dándose habitualmente el caso de que muchos de los talibán que pasaron a ocupar cargos políticos ni siquiera lo hablasen, aun en regiones en los que este idioma era predominante.

Además, chiíes, hindúes y sijs se vieron completamente oprimidos por un pueblo que negaba otras interpretaciones religiosas, también dentro de los sunníes, no aceptando otra interpretación del islam que la suya —pese a que, como hemos visto, estuviese muy influida por costumbres tribales pre-islámicas de los pastunes—. Y, por supuesto, su interpretación distaba mucho de la moderación. Entre otras medidas, obligaron a las mujeres a afincarse en sus domicilios, a los hombres a llevar barbas islámicas, prohibieron la música, la televisión, la fotografía, el deporte o algo tan inocente —y popular en Afganistán— como volar cometas. Básicamente, hicieron desaparecer a la mujer, a la vez que perseguían cualquier entretenimiento. De nuevo, cabe destacar que muchas de estas leyes eran habituales en las zonas rurales del sur, pero supusieron un shock entre la población urbana, acostumbrada a una vida marcada por una mentalidad más liberal tanto bajo la monarquía como el Gobierno socialista.

Por último, la connivencia de los Talibán con grupos terroristas internacionales que amenazaban a sus propios vecinos fue una constante. Además de Osama Bin Laden y Al-Qaeda, el Emirato fue un importante refugio para grupos terroristas cachemiros, uzbekos, tayikos, uigures, chechenos, etc. Afganistán se convirtió en el centro del terrorismo internacional.

Esta inflexibilidad, entre otras cosas, les costó un escasísimo reconocimiento internacional, convirtiendo su Emirato en un Estado paria, con los grandes problemas que eso conlleva a nivel económico, diplomático o militar. Más allá de Pakistán o Arabia Saudí, todo el resto de potencias y vecinos del país rechazaron al movimiento y varios de ellos apoyaron muy activamente a la Alianza del Norte. Pero esta inflexibilidad también supuso una bajísima popularidad del grupo en zonas no predominantemente pastunes y en el ámbito urbano, precisamente quienes más duramente lucharon contra ellos. Así, los Talibán vieron limitado su alcance a nivel estatal, más conseguido por las armas que por ganarse los corazones y las mentes de sus compatriotas.

Todas estas razones parecen aconsejar a día de hoy que los Talibán aprendan de sus errores y emprendan una mayor “moderación”, con un reconocimiento a la diversidad étnico-religiosa del país y a las sensibilidades de la población del ámbito urbano en aras de aumentar la gobernabilidad del país, mejorando la gobernanza al mantener a los cuadros principales —incluidas las muchas mujeres en puestos de la Administración—, cortando sus relaciones con el terrorismo internacional y consiguiendo reconocimiento internacional, absolutamente vital para lanzar la reconstrucción de un país con más de 40 años de conflicto a sus espaldas, es decir, un esfuerzo titánico al que Kabul no puede responder con sus propios recursos.

No obstante, por otro lado, una moderación “excesiva” puede suponer un peligro para los Talibán. Primero, por las posibles divisiones internas que se pueden producir dentro del movimiento, donde existen figuras pragmáticas que aconsejan esta vía, como el Mulá Abdul Ghani “Barádar”, pero otras muchas muy poderosas y radicales como Sirajuddin Haqqani, líder de la Red Haqqani —un grupo dentro del paraguas de los Talibán que les juró lealtad en 1996 pero que mantiene autonomía operacional en su zona de influencia en el sureste del país y podrían representar hasta un 20% de las fuerzas talibán; este grupo, además, es, desde sus orígenes, uno de los más cercanos a Islamabad y al ISI — o el Mulá Mohammad Yaqoob, hijo del Mulá Omar y líder de facto de las operaciones militares del movimiento insurgente. Segundo, por la potencial división que esto podría originar entre el liderazgo y las bases. En este sentido, siguiendo a Ahmed Rashid: “[las nuevas generaciones] [s]on más militantes y mucho más extremistas. Muchos se inspiran en Al Qaeda. Algunos han estado en Guantánamo y han salido más radicalizados. Son mucho más peligrosos que antes”. Y unas bases más radicales y descontentas con el liderazgo podrían comenzar a mirar hacia el otro gran grupo yihadista afgano: el Estado Islámico del Jorasán.

El IS-K, amenaza y oportunidad

El Estado Islámico del Jorasán (IS-K, por sus siglas en inglés, también conocido como IS-KP o como ISIS-K) es la rama del Estado Islámico en Asia del Sur y Asia Central. Surgió en 2015, en pleno apogeo del Califato, principalmente de la mano de exmilitantes de grupos previos, especialmente Tehrik-i-Taliban Pakistan (TPP), y ha saltado a la fama a nivel internacional tras su atentado terrorista del 26 de agosto en el aeropuerto de Kabul. Aunque puedan parecer lo mismo, lo cierto es que existen grandes diferencias ideológicas entre los Talibán y el IS-K que han hecho surgir una gran enemistad mutua, a lo que se suma una cuestión habitual entre los grupos fundamentalistas islámicos como es la competición por los recursos, reclutas y territorio, algo muy común en el Sahel y que también sucede en Afganistán.

Aunque el objetivo de este artículo no es entrar en profundidad en esta cuestión, existen incompatibilidades obvias entre los objetivos de ambos grupos. Mientras el IS-K aspira a la creación de un Califato global, los Talibán son marcadamente nacionalistas y siempre han limitado su lucha a establecer un Emirato en Afganistán. Así, los Talibán no son más que “asquerosos nacionalistas” para el IS-K, término que usan constantemente para dirigirse a ellos. Pero es que además existen diferencias entre sus interpretaciones del islam. El IS-K bebe del salafismo mientras que los Talibán se basan en el islam deobandí mezclado con las costumbres tribales pastunes o pashtunwali, lo que lleva al Califato a afirmar que los Talibán no se guían por la ley de Alá sino por las tradiciones tribales.

Otros problemas tienen que ver con las potentes relaciones de los Talibán con Pakistán, quien siempre ha sido su principal patrón, mientras que Islamabad es un enemigo más del IS-K, considerándolo como murtad o apóstata. Asimismo, existen importantes diferencias en el tratamiento de los chiíes entre ambos grupos. Si bien, como ya hemos visto, los Talibán han marginado y perseguido históricamente a estas minorías —con masacres e intentos de limpieza étnica incluidos—, el IS-K llama a la exterminación de los chiíes —a quienes denomina despectivamente “los que niegan” (rafidah)—, algo que ha perseguido activamente con hechos como un atentado terrorista contra un colegio de niñas en el distrito hazara de Kabul que dejó más de 80 víctimas.

De esta forma, desde el surgimiento del IS-K, ambos grupos se han enfrentado activamente en el campo de batalla en el este y el norte del país, donde los Talibán lograron imponerse, privando al Califato de su base territorial en el país. El odio mutuo es tal que, si bien el Emirato generalmente liberaba a los presos de las prisiones que iba tomando frente al Gobierno de Kabul, normalmente ejecutaba a todos los prisioneros del grupo salafista.

Sin embargo, como ha probado el atentado en el aeropuerto —así como otros atentados más recientes, como un ataque contra una mezquita chií en Kandahar el pasado 15 de octubre—, el IS-K es una amenaza de primer orden. Tienen la capacidad de golpear duramente el país y una moderación del liderazgo Talibán acompañado de una ruptura con las bases más radicales podría aumentar el atractivo del IS-K, que, igual que en 2015, podría beneficiarse del descontento entre la militancia fundamentalista. No obstante, por otro lado, el IS-K también representa una oportunidad para el Emirato en aras de obtener legitimidad internacional. Ya en 2015, este mismo hecho supuso la reanudación de los contactos de este grupo con un país enormemente preocupado por la amenaza del Estado Islámico como era Rusia. E incluso, siguiendo una investigación del Washington Post, las Fuerzas Armadas estadounidenses colaboraron tácita y no oficialmente con los Talibán frente al IS-K, proporcionando al ejército del Emirato apoyo aéreo. Y algunos altos cargos del Pentágono no han descartado cooperar con el nuevo Gobierno afgano frente al grupo salafista.

El (des)Gobierno Talibán

Finalmente, el 7 de septiembre los Talibán anunciaron el nuevo Gobierno del país. Todos los miembros del nuevo gabinete fueron tomados de cuadros del movimiento, muchos de los cuales con una formación principalmente militar, dejando de lado cualquier conexión con el antiguo régimen, ni siquiera incluyendo a los responsables de la transferencia de poder: Hamid Karzai, Abdullah Abdullah, y Gulbuddin Hekmatyar, quienes crearon un Consejo de Coordinación tras la huida del país de Ghani para gestionar la transición al Emirato. De nuevo, la gran mayoría de los ministros son pastunes, con tan solo un reducidísimo número de tayikos y uzbekos, sin lugar para chiíes o hazaras.

Como primer ministro ejercerá Mohammad Hassan Ajund, uno de los cofundadores del movimiento que ya había ejercido posiciones importantes en el periodo 1996-2001, incluido la de Ministro de Asuntos Exteriores. Su elección, no obstante, fue una sorpresa, pues todas las quinielas apuntaban al Mulá Barádar, quien ha sido elegido viceprimer ministro. Una posible explicación tendría que ver con una práctica relativamente habitual dentro de los Talibán de otorgar puestos inferiores a personas que, no obstante, de facto detentan un mayor poder que sus jefes. Por su parte, Ahmed Rashid también nos ofrece el argumento de que Barádar ha sido relegado formalmente para contentar a las bases del movimiento, mucho más radicales, pero que, de momento, sigue siendo el “eje para el futuro de Afganistán”.

Pero otra explicación apunta en otra dirección. En este sentido, se habla de que se ha producido una pérdida de influencia de la rama “moderada”, liderada por Barádar —quien habría apostado por un Gobierno más inclusivo—, frente a otras figuras más radicales, como Mohammad Yaqoob y Sirajuddin Haqqani quienes, respectivamente, han pasado a ocupar el Ministerio de Defensa y el Ministerio del Interior, es decir, dos de los cargos más importantes del país. Así, existen rumores sobre enfrentamientos entre Barádar y estas dos figuras, especialmente con Haqqani, con quien algunas fuentes afirman que llegó a los puños, incluso llegándose a hablar de la muerte de Barádar a manos del segundo, lo que ha sido desmentido posteriormente. En esta línea, hay quien hasta habla de un posible involucramiento del Director del ISI pakistaní, Faiz Hameed, quien previamente había viajado a Kabul para participar en la confección del nuevo Gobierno, tratando de desplazar a figuras fuera del control de Islamabad, como es el propio Barádar o como lo podrían suponer cuadros fuera del movimiento, y favorecer a las facciones más cercanas a Pakistán, especialmente la Red Haqqani.

De esta forma, parecen haberse manifestado en este nuevo Gobierno las divisiones internas en el liderazgo del movimiento entre una parte “moderada” con una perspectiva más política y que apuesta por una mayor inclusividad y consenso, donde destaca Barádar, y otra radical y más militar, que tras 20 años de guerra apuesta por el poder total para los Talibán, con los mencionados Yaqoob y Haqqani —si bien también existen divisiones entre estos dos—. Por lo tanto, el gobierno del país tendrá que ver con cómo, de facto, Barádar, Haqqani y Yaqoob, representantes cada uno de una poderosa facción dentro de los Talibán, se reparten el poder. En este sentido, Ajund podría hacer las veces de mediador entre los tres como hombre de confianza del Emir, el Mulá Haibatullah Ajundzada.

Ajundzada, quien proviene de un entorno religioso y no militar, ha sido el líder nominal de los Talibán desde 2016, cuando su predecesor, el Mulá Ajtar Mohammad Mansur, murió tras un ataque de dron estadounidense, quien a su vez había sucedido al Mulá Omar tras su muerte en 2013. Su elección como Amir al-Mu’minin y líder de la Rahbari Shura tuvo que ver con el hecho de no ser una figura controvertida, al no pertenecer a ninguna de las facciones dentro del grupo, ni ser una figura poderosa, por lo que generó consenso en torno a su persona.

Existen muchas dudas respecto a Ajundzada, la primera de ellas es si sigue vivo, pues el año pasado se rumoreó que había fallecido de COVID-19 y hace mucho que no hace una aparición pública. En el caso de que siga vivo, existen divisiones entre quienes consideran que es una figura simbólica y con poco poder o quienes por su parte afirman que es la principal figura del Emirato. Y esa es otra clave, pues si Ajundzada verdaderamente fuera una figura muy poderosa, se podría dar una repetición del periodo de 1996-2001, en el que las decisiones eran tomadas por Omar desde Kandahar y no por el Gobierno de Kabul, aunque esto último parece muy poco plausible, pues es difícil que Ajundzada gobierne con puño de hierro a figuras como Barádar, Haqqani o Yaqoob cuando no lo consiguió hacer durante la insurgencia. En cualquier caso, ya sea como figura simbólica o como hombre fuerte, Ajundzada, como Emir, detentará de jure la Jefatura de Estado.

En definitiva, habrá que esperar para ver quién logra imponer su autoridad y sus ideas dentro del país y el movimiento, si es que alguno lo logra, y si de esta competición pueden surgir clivajes internos que lleven a una ruptura de los Talibán. No obstante, existe otra fractura antes mencionada y de gran importancia, como es la que se produce entre el liderazgo y las bases. Incluso aunque haya distintas visiones, más radicales o moderadas, entre los líderes del grupo, existe un clivaje entre todos ellos y unas bases más radicales y menos pragmáticas, con las que ya están surgiendo enormes problemas y escándalos, pues muchos de estos militantes no están respetando órdenes relacionadas con la amnistía de los miembros de las Fuerzas de Seguridad del antiguo régimen, la prohibición del pillaje, el respeto de figuras como Ahmad Shah Masud o de minorías como los hazara, etc.

Todo esto incluso ha llevado al Mulá Yaqoob a enviar a los militantes del movimiento un mensaje grabado en el que les reprende por los excesos que han llevado a cabo en estas últimas semanas. Esta división es fundamental, pues incluso si se logra el consenso dentro del liderazgo talibán, una ruptura con las bases puede llevar a una completa falta de gobernabilidad en la que el nuevo régimen experimentaría una limitación enorme de lo que Michael Mann llama el “poder infraestructural”, es decir, “la capacidad del Estado para penetrar realmente la sociedad civil, y poner en ejecución logísticamente las decisiones políticas por todo el país”.

¿Moderación?

En cualquier caso, estas primeras semanas de Gobierno han dejado entrever una forma de actuar más moderada que en 1996-2001, pero muy lejos de cumplir las demandas de la comunidad internacional.

Con respecto a las mujeres, si bien en las principales ciudades los Talibán no las han obligado a permanecer en sus domicilios y, en caso de necesidad, hacerlo vistiendo un burqa, de momento han impuesto el hijab y están trabajando para lograr una segregación por sexos en todos los ámbitos. En este sentido, en cuanto a la educación o el trabajo femenino, los Talibán están imponiendo clases y lugares de trabajo completamente segregados, invisibilizando, marginando y apartando a la mujer —por ejemplo, forzando a las mujeres funcionarias a quedarse en casa hasta que los lugares de trabajo cumplan con las nuevas normativas—. También, han remplazado el Ministerio de Asuntos de la Mujer por el Ministerio de Predicación y Orientación y Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, sustituyendo a sus trabajadoras por una plantilla masculinizada. Y por supuesto, como se señaló anteriormente, no hay ni rastro de ninguna mujer en el nuevo Gabinete ministerial.

Por lo tanto, si bien en las zonas urbanas, de momento, han relajado ligeramente sus imposiciones pasadas, el Emirato se aleja mucho de sus promesas de respetar los derechos de las mujeres y el retroceso con respecto al régimen previo es enorme, si bien cabe destacar que en buena parte de las zonas rurales —que significan alrededor del 70% de la población del país— y, sobre todo, en el sur y el este del país las leyes de los Talibán no difieren demasiado de las costumbres locales y el único cambio que han experimentado desde la caída del Gobierno ha sido el ansiado fin de la guerra y del caos.

Una cortina separa a las mujeres y los hombres en el primer día de clase tras la vuelta al poder de los Talibán en un aula de la Universidad de Kabul. Fuente: Reuters.

Con respecto a las minorías, pese a la falta de inclusividad en el Gobierno también es divisable un ligero cambio. El liderazgo talibán parece estar intentando cortejarles. Con respecto a los hazara y otros chiíes, varios oficiales del movimiento se han reunido con líderes locales de estas minorías y les han prometido su seguridad. Entre otras cosas, los Talibán han permitido la celebración de la Ashura, una de las principales festividades chiíes. Esto nada tiene que ver con la persecución brutal lanzada contra el grupo entre 1996 y 2001. No obstante, también existen señales muy preocupantes para el bienestar de este grupo como la destrucción de una estatua de Abdul Ali Mazari, muyahidín hazara de la guerra afgano-soviética asesinado en 1995 por los Talibán en Bamiyán —misma ciudad donde los Talibán destruyeron en 2001 los famosos Budas de Bamiyán, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO— o el asesinato de 9 hazaras por parte de combatientes talibán en la ciudad de Gazni en julio de este año. De esta forma, mientras que el liderazgo apuesta por un cierto entendimiento, existen bases dentro del grupo que no lo comparten. Pese a todo, aunque los hazara representan casi un 10% de la población del país, el nuevo Gobierno talibán no contará con un solo ministro de este grupo, por lo que, aunque parece que el Emirato haya abandonado las ideas de limpieza étnica, los hazara seguirán siendo una minoría oprimida.

Por otro lado, como ya se ha mencionado, el nuevo Gobierno es uno pastún. Esta etnia monopolizará los principales cargos del país, desplazando a tayikos, uzbekos, turkmenos, etc. Sin hazaras, mujeres o apenas otras etnias, y estando únicamente conformado por miembros del movimiento, el Gobierno dista mucho de ser inclusivo y refleja un espíritu de victoria total del Emirato. No obstante, la arrogancia les puede salir muy cara. De momento, en muchas de las principales ciudades del país se han desencadenado protestas principalmente de grupos no pastunes y de mujeres en contra del nuevo régimen y de Pakistán, lo que en un futuro podría evolucionar en una oposición organizada, si bien seguramente no armada ante el agotamiento respecto a la guerra —una de las razones del rápido avance talibán—.

En cualquier caso, de momento, el nuevo Gobierno no es tan moderado como se podía llegar a esperar o como había prometido el grupo. Sus promesas de inclusividad han resultado en nada y posiblemente la figura más pragmática como es Barádar haya perdido fuelle frente a segmentos más radicales. Aunque también es cierto que, de momento, no han sido tan radicales como antaño. Además de las pequeñas variaciones antes mencionadas, no parecen estar imponiendo las barbas islámicas, prohibiendo el deporte y otros entretenimientos o persiguiendo la tecnología moderna como en el pasado. Así, está surgiendo un régimen fundamentalista islámico similar en cierta medida en cuanto a su conservadurismo al Irán de Jomeini o a la Arabia Saudí del siglo XX, pero sin llegar al nivel de su primer gobierno. Pero a este respecto surge la pregunta que solo el tiempo podrá contestar sobre si estos pequeños avances se mantendrán en el futuro o serán abandonados tan pronto como el nuevo régimen obtenga reconcomiendo internacional y la cuestión deje de estar tan mediatizada o en caso de que los radicales logren marginar a los “moderados”.

Sea como sea, el nuevo régimen aún tiene por delante las gigantescas tareas de lograr imponer su autoridad sobre el conjunto del país, algo que nunca consiguieron en el periodo 1996-2001. La falta de inclusividad no ayuda, si bien un punto a favor es la ya mencionada fatiga del país con respecto a la guerra, lo que dificulta una insurrección armada y asegurar el reconocimiento internacional a su Gobierno,  algo que, como ya hemos visto, puede requerir mantener una cierta moderación, lo que no obstante puede generarle problemas internos y con respecto al IS-K.

En el contexto de la búsqueda de reconocimiento internacional, un factor clave tiene que ver con sus relaciones con grupos yihadistas de países vecinos. Los Talibán han mantenido estrechas relaciones con Al-Qaeda, el Movimiento Islamista de Uzbekistán, independentistas chechenos, yihadistas de Cachemira o los uigures del Movimiento Islámico del Turquestán Oriental (MITO). Aunque ya hayan hecho muchas promesas en cuanto a romper relaciones con estos grupos, como a China en relación al MITO o a EE. UU. en los Acuerdos de Doha en cuanto a Al Qaeda, no está nada claro que vayan a cumplirlas seriamente.

Esto es especialmente cierto con respecto a la propia Al-Qaeda, que mantiene unas relaciones muy próximas a la Red Haqqani que, como ya hemos visto, se ha hecho con varios Ministerios de enorme importancia, especialmente el de Interior. Esto es fundamental, porque si los Talibán no cortan sus relaciones con estos grupos y dejan de proporcionarles refugio en suelo afgano tendrán un montón de problemas en sus relaciones con países enormemente significativos como EE. UU., China, Rusia, India o varios de sus vecinos como Tayikistán y Uzbekistán. Si no quieren convertirse en un Estado paria, tendrán que cortar activamente sus vínculos con estos grupos. No hay que olvidar que fue esta relación con Al Qaeda la que derrocó su Gobierno en 2001.

En este sentido, los Talibán se encuentran en una encrucijada en la que los desarrollos sobre el terreno en los próximos días y semanas son cruciales en un contexto cada vez más marcado por una nueva crisis de refugiados afganos, abandonando el país en todas direcciones, la COVID-19 —en un país con tan solo un 3,2% de población vacunada—, una crisis alimentaria que podría empeorar aún más y una crisis económica en formación, todo ello en un país destruido por la guerra.

Epílogo

Los Talibán han vuelto más fuertes que nunca y un nuevo Imperio, esta vez el estadounidense, ha vuelto a fracasar en el intento de someter a Afganistán. Tras más de 40 años de guerra, inestabilidad y crisis, finalmente parece estar surgiendo la paz, pero es una paz inestable, acompañada de incertidumbre económica y de una opresión enorme. Afganistán es la triste historia de cómo las confabulaciones exteriores —de la URSS, Pakistán, EE. UU., Arabia Saudí…— no generan más que caos, destruyendo la vida de generaciones enteras. Aunque las potencias exteriores decían encontrarse en un “Nuevo Gran Juego” realmente solo jugaban con las vidas de los afganos y hoy vemos las consecuencias de todo ello.

Ahora Afganistán es talibán, hecho celebrado por una parte del país y repudiado por otra, pero originado por los propios errores de la intervención estadounidense, que en lugar de buscar una construcción estatal efectiva se dedicó a confiar el Gobierno del país en un régimen ultracorrupto. Tras 20 años de ocupación, hemos vuelto a la casilla de salida, mientras los afganos han tenido que seguir sufriendo un conflicto interminable para después ser abandonados a su suerte.

Las repercusiones regionales del nuevo régimen pueden ser enormes. Si trae paz y estabilidad, puede suponer una mejora de las conexiones e interconexiones regionales, habiendo sido en los últimos años Afganistán el principal escollo y punto de ruptura entre Asia del Sur, Oriente Medio y Asia Central. Pero si Afganistán vuelve a la inestabilidad pasada y/o si los Talibán siguen protegiendo a grupos terroristas, el país puede volver a ser una fuente de caos que afecte enormemente a países como Pakistán, Irán, Uzbekistán, Tayikistán o incluso China —y, por qué no, a Europa, EE. UU. o Rusia.

Por otra parte, no parece que este nuevo régimen vaya a proveer al país con un futuro esperanzador. Lo cierto es que el gran derrotado de esta larga guerra de 40 años no es EE. UU. ni la URSS ni los señores de la guerra, sino la propia población afgana. Afganistán puede ser “la tumba de los imperios”, que ha derrotado, entre otros, al Reino Unido, la Unión Soviética y Estados Unidos, pero la realidad es que cada una de estas invasiones no provocadas, que nada tenían que ver con los afganos, han convertido al que era uno de los principales centros de la civilización timúrida y persa en una tumba a secas.

Ahora el futuro inmediato de los afganos será dirigido por un Gobierno dividido entre la radicalidad y la moderación, que ha de enfrentarse a retos inmensos como la seguridad, el terrorismo —irónicamente—, el hambre, la COVID-19, la pobreza o la reconstrucción del país. Si Kabul pone coto al terrorismo internacional y mantiene una línea mínimamente moderada en cuanto a las minorías y las mujeres puede empezar a recibir apoyo de países como Irán, Rusia, Uzbekistán y, sobre todo, China, que junto a su sempiterno aliado pakistaní pueden aliviar ligeramente la situación a la que se enfrenta el país. Pero en caso contrario, Afganistán podría volver a precipitarse hacia la guerra. Tras más de 40 años, el país se encuentra en un momento determinante entre la paz o la guerra, esperemos que sus nuevos gobernantes sean conscientes de ello.

Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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