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El Afganistán Talibán (II): Historia de una caída y un regreso

El 11-S cambió completamente la historia de Afganistán. La intervención de EE. UU. derrocó el régimen talibán y estableció la República Islámica. Pero sus errores fueron la semilla de la que germinó la insurgencia talibán, que ha terminado por imponerse.

En el anterior artículo de esta serie veíamos cómo un pequeño grupo extremista nacido en Kandahar, los Talibán, había pasado de ser una mera congregación local a tener todo Afganistán al alcance de la mano, listo para ser recogido como fruta madura. En 2001, la Alianza del Norte, la principal coalición anti-Talibán, había sido forzada a retroceder y dejar tras de si valiosas posiciones, y con la muerte de Ahmad Shah Masud, “el león de Panjshir” y archienemigo de los Talibán, el 9 de septiembre del mismo año la oposición armada parecía estar a punto de sucumbir.

No obstante, el 11 de septiembre todo cambió. Desde el corazón de Afganistán se fraguó uno de los atentados terroristas más grandes de la historia dirigido contra la potencia hegemónica del momento, Estados Unidos. El autor era un grupo yihadista llamado Al Qaeda, que hundía sus raíces en la guerra afgano-soviética y cuyo líder, Osama Bin Laden, había pasado a ser el huésped del Mulá Omar y los Talibán.

Osama Bin Laden y Al Qaeda: la condena del Emirato

Bin Laden había sido uno de los principales líderes de los árabe-afganos, es decir los muyahidines extranjeros que llegaron a Afganistán desde todo el mundo islámico como voluntarios para unirse a la yihad contra la URSS, en cuyo reclutamiento tuvieron un papel clave el servicio secreto pakistaní (ISI por sus siglas en inglés), la CIA y la inteligencia saudí. Así, decenas de miles de extremistas islámicos llegaron al país, donde entrenaron y establecieron redes, contactos y organizaciones. Y en este contexto de interconexión entre radicales de toda la ummah (la comunidad islámica) unidos por la lucha en Afganistán es en el que nace Al Qaeda, bajo el liderazgo del propio Bin Laden.

Bin Laden, no obstante, cambió de objetivo tras la Primera Guerra del Golfo, que enfrentó al Iraq de Sadam Husein con la comunidad internacional tras su invasión de Kuwait. Aquí, EE. UU. lideró los esfuerzos contra Bagdad e intervino directamente en el marco del mandato del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Para ello contó con el beneplácito de Arabia Saudí, donde además estableció bases militares permanentes frente a la amenaza iraquí y, sobre todo, en relación con el hecho de que ahora tenía que defender sus intereses en Oriente Medio directamente al haber perdido en 1979 a su mayor aliado en la región, Irán, debido a la Revolución Islámica.

El problema con estas bases militares es que en Arabia Saudí se encuentran las dos ciudades más santas del islam, La Meca y Medina, y la peregrinación a la primera o hajj se conforma como uno de los cinco principios del islam. De esta forma, por el camino, los peregrinos se encontraban bases militares de un país “infiel”. Este hecho encolerizó a Bin Laden y al resto de árabe-afganos que formaban Al Qaeda, generando una enemistad tanto con la monarquía saudí como, sobre todo, con EE. UU., contra quien declaró la yihad y cuyos intereses y activos comenzó a atacar.

Bin Laden regresó a Afganistán en 1996 donde, con la mediación del ISI, interesado en que Al Qaeda mantuviera sus bases en el país —creadas en la guerra contra la URSS— donde poder entrenar a yihadistas cachemiros contra la India, estableció buenas relaciones con el Mulá Omar y se convirtió en su huésped. Bin Laden demostró, además, ser un socio valioso al apoyar las ofensivas Talibán con sus propios muyahidín y, sobre todo, al llevar a cabo el ya mencionado asesinato de Masud.

No obstante, si Bin Laden ya había generado problemas para el Emirato con los atentados contra las Embajadas de EE. UU. en Kenia y Tanzania de 1998 —que llevaron a la Administración Clinton a responder destruyendo varias de las bases de Al Qaeda en el país y a aumentar su presión sobre el grupo afgano—, el ataque terrorista a Nueva York condenó a los Talibán. Toda la comunidad internacional pasó a respaldar a EE. UU. y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas autorizó una intervención en Afganistán: había comenzado la respuesta de Washington.

La intervención estadounidense y el surgimiento de la República Islámica de Afganistán

La Administración Bush lanzó la Operación Libertad Duradera (Enduring Freedom) y, apoyándose en toda una serie de bases —nuevas o ya existentes— en Pakistán, el Golfo Pérsico y Asia Central, desplegó todo su potencial aéreo y a sus Fuerzas de Operaciones Especiales. La idea era proporcionar apoyo masivo a la Alianza del Norte sin desplegar un gran número de tropas sobre el terreno, de lo que se ocuparía la propia coalición anti-Talibán, lo que fue todo un éxito. Los Talibán vieron como todo el esfuerzo que habían llevado a cabo en los anteriores 7 años se desvanecía bajo la superioridad militar estadounidense, y su Emirato se disolvió como un azucarillo.

La Operación, además, fue ayudada por el hecho de que en los últimos años había surgido un gran descontento en el país ante la actuación del movimiento extremista, especialmente en las zonas no pastunes, que vieron impuestas sobre ellas una lengua, cultura y leyes que poco tenía que ver con sus costumbres, y en las ciudades, en las que una mentalidad más liberal proveniente de los programas modernizadores durante la época monárquica y la República Democrática no pudo aceptar las imposiciones fundamentalistas.

Derrotados, los Talibán se retiraron desesperadamente y sufrieron enormes bajas y pérdidas por el camino, pero un gran número de tropas, así como el liderazgo del movimiento, con el Mulá Omar a la cabeza, y los cuadros de Al-Qaeda, consiguieron huir, bien refugiándose en las zonas rurales de Afganistán o, sobre todo, cruzando la porosa frontera con Pakistán hacia el Baluchistán o las Áreas Tribales bajo Administración Federal (FATA, por sus siglas en inglés) —región semiautónoma pastún, absorbida en 2018 por la provincia de Jaiber Pastunjuá, con una orografía que complicaba la detección de los yihadistas fugados—. Aquí, recibieron refugio de la mano de su antigua red de apoyos en el país, que, como vimos en el primer artículo, les había permitido crecer en un primer momento, así como pastunes locales en las FATA. Estos últimos se radicalizarían como consecuencia y terminarían formando Tehrik-i-Taliban Pakistan (TPP), un grupo de inspiración Talibán cuya misión sería la de establecer un Emirato en Pakistán y que, desde entonces, es una de las mayores amenazas que sufre el país.

Mapa político de Pakistán (2010)

Posteriormente, la Frontera del Noroeste sería renombrada Jaiber Pastunjuá, que también absorbería las Áreas Tribales. Fuente: Wikipedia

Con la derrota Talibán, EE. UU. se encontró frente a una enorme tarea, construir un Estado afgano tras más de 20 años de guerra. Y en la “solución” hallada por Washington se encuentra la raíz de la futura caída del régimen en 2021. Una Administración Bush ya centrada en lanzar la invasión de Iraq decidió que la mejor manera de ahorrarse recursos en Afganistán era apostar por la siguiente fórmula: los mismos señores de la guerra y milicias criminales que, como vimos en el primer artículo, habían atemorizado al país tras la caída del Gobierno de Hajibullah en 1992 y que eran, en general, odiados por la población fueron instaurados en el poder, todo ello sin llegar a un acuerdo de paz con los Talibán o con otros grupos como Hezb-e-Islami Gulbuddin.

De esta forma, Washington “subcontrataba” a las milicias para que se ocuparan de guardar sus intereses sobre el terreno. Así, surgió un Estado —la República Islámica de Afganistán— inseguro, marcado por la corrupción endémica, con un Gobierno extremadamente débil, incapaz de proveer bienes públicos a la población y a merced de los señores de la guerra, quienes hicieron prosperar la producción del opio y otras prácticas terribles como la bacha bazi que consiste en el abuso sexual de niños, muchas veces practicado por altas figuras del ejército y milicias afganos, todo ello con la aprobación estadounidense.

Por supuesto, para un importante porcentaje de la población la liberación del yugo Talibán fue un alivio y los Gobiernos de Hamid Karzai —confirmado como Presidente en 2002 por la Loya Jirga, tras haber sido elegido como tal en el Acuerdo de Bonn sustituyendo a Rabbani— fueron un periodo de estabilidad y paz, especialmente para las mujeres en las ciudades. Pero para otro gran segmento de la población, los subsiguientes años de enfrentamientos contra los Talibán de la coalición internacional, apoyada en las ya mencionadas milicias que aterrorizaban al pueblo y con un uso excesivo de ataques aéreos —dejando tras de sí un enorme número de bajas civiles—, no trajeron más que guerra y desolación.

Como escribió recientemente el periodista Anand Gopal, la premisa de este régimen descansaba en que “si las tropas de EE. UU. seguían combatiendo a los Talibán en el campo, entonces la vida en las ciudades podía florecer”, es decir que mientras las ciudades eran un oasis de paz, el campo —especialmente en las zonas pastunes del sur y el este del país— vivía una inestabilidad constante, con combates frecuentes y consecuencias terribles para la población. De esta forma, Kabul y Washington alienaron a un importante segmento de la población rural, que se vio en un estado de caos, subdesarrollo y desposesión.

La insurgencia talibán

Mientras tanto, ya en Quetta, capital del Baluchistán —que serviría como refugio a las principales figuras talibán—, Omar reorganizó el liderazgo del grupo y lanzó la insurgencia Talibán contra EE. UU. apoyado por Jamiat-e-Ulema (JEU), el mismo partido deobandí que había servido como base para el movimiento y que en 2002 había ganado las elecciones en las dos provincias fronterizas con Afganistán: Balochistán y Jaiber Pastunjuá. Por su parte, la red Haqqani, un grupo muy poderoso liderado por el antiguo muyahidín Jalaluddin Haqqani y formalmente integrado dentro de los Talibán, se ocupó de liderar la insurgencia en el este desde sus bases de poder en el distrito de Waziristán del norte, en las áreas tribales de Jaiber Pastunjuá. Y todos ellos siguieron siendo enormemente apoyados —ahora clandestinamente— por el ISI, que permanecía a la espera de una retirada estadounidense para volver a impulsar a los Talibán y derrocar al nuevo régimen afgano, que detestaba al estar formado por la antigua Alianza del Norte, muy cercana a algunos de sus principales rivales como la India, Irán o Rusia.

Y en 2003 comenzó la primera ofensiva de primavera, con la que los Talibán comenzaron a lograr avances en el sur ante un EE. UU. más preocupado por Iraq que por estabilizar y desarrollar los territorios pastunes, cuya desatención y abandono permitió a los Talibán reasentar sus bases. El apoyo pakistaní y, nuevamente, los beneficios obtenidos a través del opio —cuyo cultivo volvió a crecer exponencialmente en el sur— fueron el combustible de la insurgencia. Y así, cada primavera, los Talibán lanzaban una nueva campaña, estando cada vez mejor armados y organizados —en lo que tuvo un destacable papel Al Qaeda, que enseñó al movimiento a utilizar eficazmente ataques suicidas y artefactos explosivos improvisados (IED por sus siglas en inglés)—, mientras descansaban y se reagrupaban en los meses del duro invierno afgano, que imposibilita los combates.

De esta forma, año a año, los Talibán seguían expandiéndose poco a poco y cada vez más fuera de sus tradicionales áreas de influencia en el sur y el este, avanzando hacia el norte y el oeste mientras aumentaban sus atentados en las principales ciudades, destacando Kabul. Al mismo tiempo, los Talibán establecían una “Administración en la sombra” para rivalizar con el Estado afgano y ganarse a la población, siendo muchas veces más efectivos que Kabul en proveer servicios o justicia —aunque fuese la justicia Talibán—, a la vez que de nuevo iban derrocando a los señores de la guerra locales, lo que les generaba muchas simpatías.

Mapa: evolución de la insurgencia talibán

Fuente: Wikipedia y BBC

Por su parte., tras un primer intento de Barack Obama —quien había prometido una mayor atención a Afganistán, en contraste con Bush— de cambiar el curso de la guerra y derrotar a los Talibán, aumentando enormemente la presencia estadounidense sobre el terreno hasta alcanzar su pico máximo, unos 100 mil soldados, en 2011, Washington empezó poco a poco a reducir su participación. Así, en 2013, EE. UU. cedió el testigo de la seguridad afgana a las Fuerzas Armadas del país, que había ayudado a crear, si bien manteniendo su presencia y su apoyo activo. Pero la insurgencia Talibán no había sido ni mucho menos derrotada, sino que año a año siguió avanzando a grandes pasos en las zonas rurales, pese a las divisiones internas que surgieron tras la muerte del Mulá Omar en 2013 o su sucesor, el Mulá Mansur, en 2016, todo ellomientras la República Islámica entraba en plena decadencia. A la vez que sus tropas no eran capaces de detener el avance insurgente, el malestar político reinaba en la capital, llegando incluso a tener que mediar el entonces Secretario de Estado estadounidense, John Kerry, para asegurar la sucesión de Karzai en 2014, accediendo a la Presidencia Ashraf Ghani mientras el líder opositor, Abdullah Abdullah, también entraría en el Gobierno, suponiendo una bicefalia que aumentó incluso más la debilidad del régimen.

Pese a todo, Kabul lograba mantener bajo su control todas las ciudades y partes muy importantes del país, generando un cierto impase en el que los Talibán veían limitado su avance mientras la República Islámica y EE. UU. no podían o no hacían lo necesario por acabar con la insurgencia —como, por ejemplo, impulsar el desarrollo de las zonas rurales del sur y del este, reduciendo la violencia o la prevalencia de los señores de la guerra, o dejar de ignorar el “elefante en la habitación”, es decir, el apoyo pakistaní a los Talibán—. Y entonces llegó Trump.

El retorno de los Talibán

Ante una guerra enormemente impopular entre el pueblo estadounidense —dentro de las “guerras interminables” o forever wars— y con la vista puesta en China y Asia Oriental —y, posiblemente, también en conseguir un Premio Nobel de la Paz—, Donald Trump decidió buscar una salida a un conflicto que le había costado a la tesorería estadounidense unos 3 billones de dólares. Un primer paso fue presionar a Pakistán para que liberase a una de las principales figuras del movimiento Talibán, el Mulá Abdul Ghani “Barádar”. Barádar (“hermano”, nom de guerre que le dio el propio Mulá Omar en la guerra contra la URSS), quien tras la intervención estadounidense se convirtió en el principal líder militar del movimiento, era considerado como una de las figuras más favorables a las negociaciones de paz con EE. UU. y el Gobierno afgano y como el representante de la facción más “moderada” dentro del grupo. En este sentido, se cree que su detención en 2010 en Karachi por parte del ISI pakistaní tuvo que ver con sus esfuerzos de alcanzar un acuerdo de paz con el Gobierno de Karzai sin contar con Islamabad. Una vez liberado en 2018, Barádar pasó a liderar la Oficina Política Talibán en Doha, establecida en 2012 y que pasó a ser el principal activo diplomático y altavoz del movimiento.

Y fue en este contexto en el que la Administración Trump lanzó una serie de negociaciones de paz con el movimiento y con Barádar, quien lideró las negociaciones por la parte talibán, que llevó al Acuerdo de Doha del 29 de febrero de 2020. Aquí, se acordó, entre otras cosas, la retirada estadounidense del país en 14 meses, un intercambio de 5.000 prisioneros talibán en manos del Gobierno afgano por 1.000 prisioneros gubernamentales en manos del Emirato, la realización de negociaciones entre los Talibán y Kabul y el fin de las relaciones entre los Talibán y Al-Qaeda, así como otros grupos que amenazaran a EE. UU. o sus aliados. Lo más grave de este acuerdo es que se hizo a expensas de Kabul, a quien le fue impuesto por parte de Washington.

No obstante, las negociaciones de paz entre Kabul y los Talibán que preconizaba este acuerdo fracasaron estrepitosamente y el Emirato se lanzó de nuevo al ataque contra un régimen debilitado tras Doha y que, de nuevo, había vivido una dura crisis política tras las elecciones de 2019, cuando nuevamente surgió una disputa entre Abdullah Abdullah y Ghani, que tras meses de impase se resolvió con una nueva inclusión del primero en un Gobierno presidido por el segundo.

Pero el descalabro definitivo vino en 2021. Para entonces, el Acuerdo de Doha ya parecía papel mojado, pero Biden, guiado también por la necesidad de poner fin a una “guerra interminable” que hacía tiempo que solo era una distracción frente a la necesidad de pivotar hacia Asia-Pacífico, decidió mantener la retirada del país, con el 11 de septiembre de 2021 como fecha límite. Una retirada unilateral, sin ninguna coordinación con el Gobierno afgano, cuyo mejor ejemplo fue la Base Aérea de Bagram, cerca de Kabul y una de las más estratégicas del país, abandonada por EE. UU. de noche sin notificárselo a las fuerzas afganas.

Mientras tanto, los Talibán lanzaban su habitual ofensiva de primavera, pero esta vez atacando por todos los frentes del país, extendiéndose y estableciendo una presencia potente en áreas rurales más allá de su tradicional zona de influencia del sur, inclusive obteniendo presencia en el norte, la parte más anti-Talibán del país. Kabul respondió con una defensa a ultranza de todas sus posiciones a la vez, por cualesquiera medios necesarios, lo que resultó en un enorme desgaste reforzado por el hostigamiento Talibán desde las zonas rurales. Las derrotas en el campo de batalla junto a la retirada estadounidense llevaron la moral de las Fuerzas Armadas al límite.

Finalmente, entre julio y agosto de 2021, los Talibán utilizaron sus posiciones en el campo para atacar todas las ciudades, las cuales fueron cayendo una tras otra, en muchos casos sin combate, ante unas tropas desmoralizadas. Los que no se rendían al Emirato trataban de huir en periplos desesperados hacia Irán, Tayikistán, Turkmenistán o por el Puente de la Amistad hacia Uzbekistán —mismo puente por el que se retiraron los últimos soldados soviéticos del país en 1989—. Y, finalmente, los Talibán llegaron a Kabul antes incluso de que EE. UU. hubiera podido concluir su retirada. El Aeropuerto de Kabul pasó a protagonizar todos los titulares, con los países occidentales evacuando todo su personal a toda prisa y negociando en secreto con los Talibán, mientras miles de afganos desesperados trataban de abandonar el país ante el temor hacia la “paz” que traía consigo el Emirato.

Mapa: la “blitzkrieg” talibán de 2021

Fuente: BBC

El remate final parece haberse producido en los últimos días en el Valle del Panjshir. Hogar del mítico muyahidín Ahmad Shah Masud, este territorio, ubicado estratégicamente sobre Kabul, fue la base desde la que “el león de Panjshir” primero hostigo a los soviéticos, quienes nunca fueron capaces de someterle, y luego a los Talibán, que únicamente pudieron acabar con su mayor pesadilla con un atentado terrorista de Al Qaeda.

Aquí, tras la reciente caída de Kabul, se refugiaron los últimos elementos del ya derrotado régimen, incluyendo al exvicepresidente Amrullah Saleh, todos ellos bajo el liderazgo del hijo de Masud, Ahmad Masud, y su clan. Las negociaciones de paz con los Talibán, con las que Ahmad Masud pretendía lograr una cierta autonomía para el Panjshir y una mayor inclusividad étnica en el Gobierno Talibán, dominado por Pastunes, fracasaron y Masud apostó todo a aguantar a las tropas del Emirato hasta la llegada del inclemente invierno, que permitiese reforzar sus posiciones. No obstante, los Talibán parecen haberse impuesto y los últimos focos de resistencia están siendo derrotados, mientras según The Intercept, que cita fuentes de la inteligencia estadounidense y del antiguo Gobierno afgano, Saleh y Ahmad Masud habrían abandonado el Panjshir y se habrían refugiado en Tayikistán. De esta forma, parece que los 40 años de guerra que ha vivido Afganistán desde 1979 pueden haber llegado a su fin, con una victoria total talibán.

Conclusión

Según la mitología persa, el Simurgh, ave mística equiparable al fénix, es tan viejo que ha visto la destrucción del mundo tres veces. Un afgano no necesita vivir tanto tiempo, con tener más de 30 años ya habrá visto la destrucción de tres regímenes completamente distintos. Primero, en 1992, la República Democrática, que dejó tras de sí un periodo de inestabilidad y caos. Segundo, en 2001, el Emirato Islámico, sucedido de los mismos señores de la guerra que habían protagonizado el caos de los 90. Tercero, en 2021, la República Islámica, rubricando el fracaso de los esfuerzos de construcción estatal (state building) estadounidenses y volviendo a llevar al país a la incertidumbre y al gobierno talibán.

EE. UU. construyó en Afganistán un Estado estructuralmente débil, formado por señores de la guerra y marcado por la corrupción, todo ello mientras no destinaba los suficientes recursos a hacer frente a la insurgencia talibán y, especialmente, a desarrollar y pacificar las provincias del sur, que por el contrario vivieron un periodo de caos y guerra, suelo fértil para que arraigase la simpatía por los Talibán. Además, Washington nunca tomó cartas en el asunto para cortar el evidente apoyo al grupo fundamentalista del que de jure es su aliado, Pakistán, quien siguió apoyando al grupo y ahora aspira a recoger el fruto de su esfuerzo en forma de un Afganistán pro-pakistaní y anti-indio. Y todos estos elementos formaron una tormenta perfecta, convirtiendo a los Talibán en la espada de Damocles que se cernía sobre la República Islámica, y que finalmente cayó con la retirada estadounidense.

Al mismo tiempo, ha surgido un nuevo régimen Talibán, que empieza a poder deslumbrarse en medio de la explosión del régimen anterior. Son muchas las preguntas que surgen al plantearse cómo evolucionará el país ante una victoria total talibán: ¿qué clase de Gobierno se ha formado en Afganistán y qué línea seguirá? ¿volveremos a los años 90, cuando los Talibán impusieron la versión más extremista de la Sharia a nivel mundial o por el contrario el grupo moderará pragmáticamente su línea política para obtener reconocimiento internacional? Estas y otras cuestiones serán abordadas en el siguiente y último artículo de esta serie.

Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

2 respuestas a “El Afganistán Talibán (II): Historia de una caída y un regreso”

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