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¿Qué busca Moscú en Afganistán? Oportunidades y limitaciones tras la retirada de Occidente

El vacío generado por la retirada de Occidente ha generado un acercamiento por parte de Beijing y Moscú, quienes han abogado por dialogar con los talibanes. En esta tesitura, Moscú podría encontrar una serie de oportunidades para sus intereses en Asia Central, pero también una serie de limitaciones.

La caída de Kabul representó un fracaso de Occidente, como resultado de una derrota militar en una guerra asimétrica que recordó a la caída de Saigón bajo las manos de los norvietnamitas en 1975. La toma del poder por parte de los talibanes ha llevado a la mayoría de estados que mantenían embajadas en el país a evacuar a su personal diplomático, sin embargo, ni Beijing ni Moscú han cerrado sus respectivas embajadas, ni han evacuado a su personal diplomático, manifestando su voluntad de dialogar con los talibanes. Beijing ya ha mostrado su disponibilidad a entablar conversaciones con el régimen talibán para desplegar proyectos económicos en el marco de la iniciativa de la Ruta de la seda (BRI por sus siglas en inglés), así como la adquisición de materias primas, tan necesarias para su industria. No obstante, en un contexto en que la Federación Rusa ya no ejerce un rol de superpotencia, hay que preguntarse cuáles son los intereses Moscú para mantener relaciones con el Afganistán de los talibanes.

Sus relaciones bilaterales históricamente no han sido buenas. Afganistán se creó como un estado tapón para evitar el choque entre el Imperio Ruso y el Imperio Británico en Asia Central. Sin embargo, el evento que marcó las relaciones entre Moscú y Kabul tuvo lugar en 1978, con el triunfo de la revolución de Saur liderada por el Partido Democrático del Pueblo y la instauración de la República Democrática Afgana, que condujo a la posterior guerra afgana-soviética entre los comunistas afganos, quienes recibieron el apoyo de la URSS y los insurgentes muyahidines entrenados en Pakistán y apoyados por los EE.UU a través de la operación Ciclón.

La guerra en Afganistán se convirtió en el Vietnam de la URSS, ya que, a pesar de combatir durante 11 años en el país, el ejército rojo no pudo derrotar a los insurgentes. Consecuentemente, en 1989, el Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), Mijaíl Gorbachov, ordenó la retirada de las tropas soviéticas del país. Desde entonces, el 15 de febrero de 1989, cuando cruzó por última vez el Puente de la Amistad, las relaciones entre Moscú y Kabul se han mantenido en punto muerto, quedando en la memoria como el gran fracaso militar de la URSS y un acontecimiento clave que aceleró su posterior colapso.

En la última década del siglo veinte, la Federación Rusa, como estado heredero de la URSS, perdió toda la influencia de la que dispuso durante la guerra fría con la disolución del Pacto de Varsovia y el Comité de Ayuda Económica Mutua (CAEM), así como la búsqueda de la nueva identidad de la Rusia postsoviética, que se caracterizó por una mayor aproximación hacia Occidente. Por su parte, Afganistán quedó bajo una guerra civil entre facciones que provocó la caída del gobierno comunista de Mohammad Najibullah en 1992, y que se prolongó prácticamente de manera ininterrumpida hasta la actualidad.

El ataque terrorista del once de septiembre a las torres gemelas, por parte de la organización terrorista Al Qaeda, cambió la aproximación de Rusia hacia el país, gracias a dos acontecimientos que sucedieron prácticamente al mismo tiempo. El primero tuvo lugar con el propio ataque terrorista del 11S y el segundo con la llegada al poder de Vladimir Putin en una Rusia que se encontraba inmersa en la guerra contra los separatistas de Chechenia, vinculados a Al Qaeda. Ambos hechos, junto con la aproximación inicial de la política exterior de Putin hacia una mejora de las relaciones entre Rusia y Occidente, permitieron a Rusia apoyar la operación “libertad duradera”, que llevó a Afganistán a convertirse en un estado militarmente ocupado por las fuerzas de los EE.UU. hasta que Donald Trump ordenó su retirada. Durante este tiempo, a pesar de que Rusia ha mantenido relaciones diplomáticas con los sucesivos gobiernos afganos pro-occidentales de Hamid Karzai y Ashraf Ghani, no ha tenido una influencia relevante en un Afganistán considerado estado fallido y en conflicto permanente desde 1978.

La retirada de las fuerzas militares occidentales ha abierto oportunidades para una nueva aproximación entre Kabul y Moscú, pese a las reticencias del último a retirar a los talibanes de su lista de organizaciones terroristas. Económicamente, sin embargo, es poco probable que Rusia pueda obtener ventajas significativas del régimen talibán debido a la falta de industria, la destrucción y el empobrecimiento que los prácticamente 40 años ininterrumpidos de guerra han llevado al país. Las principales fuentes de ingresos económicos de Afganistán se encuentran en la exportación de recursos naturales tales como el litio u el opio, unos recursos que Rusia no necesita, ya que la economía rusa es rica en ellos. Igualmente, Beijing ya ha ofrecido inversiones en el desarrollo de infraestructuras y sistemas de logística para importarlos. Por tanto, en este contexto, Rusia no puede esperar obtener grandes beneficios.

Los intereses de Moscú en el Afganistán de los talibanes no conciernen principalmente en economía, sino que tienen una mayor importancia en los campos de la seguridad y la geopolítica. La posición de Moscú hacia la nueva situación del país se reflejó en la conferencia conjunta celebrada en Moscú entre el presidente ruso, Vladimir Putin, y la canciller alemana, Angela Merkel. Para el mandatario ruso, la necesidad de cooperar en materia de lucha contra el tráfico de drogas y los movimientos migratorios, a fin de evitar la entrada de terroristas camuflados de refugiados y evitar que el armamento estadounidense pueda acabar en manos de organizaciones terroristas, representan los principales intereses de la Federación Rusa. Unos intereses que pasan necesariamente por evitar el colapso del país centroasiático. Para Rusia, la retirada de las potencias occidentales representa un triunfo político relevante por sus intereses geopolíticos, ya que Moscú siempre ha interpretado que la presencia occidental en Afganistán se centraba más en vigilancia a Rusia o China que en apoyar al gobierno afgano.

Oriente Medio se ha consolidado como una región de especial importancia para la diplomacia rusa desde la intervención militar en Siria. Putin busca consolidar a Rusia como una gran  potencia, en contra de la percepción Occidental, para quien la Federación Rusa tiene un status de potencia regional. Igualmente pretende recuperar la influencia que la URSS ostentó durante la guerra fría en la región. Tras el cambio de doctrina de la Casa Blanca en Oriente Medio, el Kremlin ha impulsado su actividad diplomática en la región a través del liderazgo del proceso de paz sirio, junto con Ankara y Teherán, así como una nueva aproximación rusa al mundo sunita con la visita histórica del rey Salman Bin Abdulaziz a Moscú en 2017 y la del presidente ruso a Riad en 2019.

El fin del conflicto en Afganistán abre la posibilidad a Moscú de participar en los procesos de paz y diplomáticos en un momento donde los talibanes se esfuerzan por obtener el reconocimiento internacional. Su consolidación como un potente actor diplomático le permitiría extender su influencia más allá de su esfera tradicional, centrada en los estados que conformaban la extinta URSS y la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Además, la firma de la alianza AUKUS (Australia, Reino Unido y EE.UU.) conforman la prioridad de Washington en la región de Asia Pacífico para contener el ascenso de Beijing. La rivalidad entre la República Popular China y los EE.UU. en la región del Pacífico puede dar a Rusia un mayor margen de maniobra para extender su influencia diplomática en la región de Asia Central y Oriente Medio, donde Moscú ha mostrado interés en llenar el vacío dejado por la retirada americana debido a la reformulación de los intereses estratégicos en la región del Pacífico de los EE.UU.

A pesar de la oportunidad que se ha abierto en la retirada de las tropas de la coalición internacional y la caída del gobierno de Ashraf Ghani, es poco probable que Moscú pueda reemplazar a los EE.UU. o China como actores principales. La nueva aproximación de Moscú hacia Afganistán presenta limitaciones relevantes. En primer lugar, la Federación Rusa ya no es considerada como una superpotencia. Por otra parte, los EE.UU. y China ostentan el status de las superpotencias actuales, caracterizadas por el mantenimiento de su influencia en todas las regiones del mundo. Por lo tanto, sería ilusorio pensar que el repliegue estratégico de los EE.UU. implicará su retirada completa de la región. Washington, ciertamente, conservará intereses estratégicos regionales, por ejemplo, el acuerdo nuclear iraní o sus relaciones con sus aliados del Golfo, tales como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos. En segundo lugar, la gran asimetría que presenta la Federación Rusa frente a las dos superpotencias hace que ésta no pueda competir con la ayuda económica y el apoyo político que pueda ser dado por parte de Beijing a los talibanes. Igualmente, el orden multipolar puede hacer emerger nuevos actores políticos relevantes que quieran aumentar su influencia regional, tales como, las monarquías del Golfo o Pakistán, con quien los talibanes comparten lazos religiosos. Finalmente, a pesar de las posibilidades que Moscú pueda impulsar en la lucha contra el tráfico de drogas y el terrorismo, estos ya son abordados de manera multilateral en su conjunto por parte de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), en la que Afganistán es miembro observador.

En suma, aunque la retirada de los EE.UU. y la formación del gobierno talibán abren la puerta a Moscú a recuperar cierta influencia en la región, ésta se encuentra ciertamente limitada, debido a la gran asimetría que existe con Beijing y Washington, que no se verán afectadas como principales actores regionales. Moscú puede ganar cierta influencia, pero no puede competir contra la que ejercen tanto Washington como Beijing. Así, sus intereses obedecen más a la protección de sus fronteras del tráfico de drogas y evitar la expansión del terrorismo, al tiempo que tratar de demostrar que Rusia aún juega un papel de gran potencia, a pesar de sus limitaciones.

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