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La alianza EE. UU.-Filipinas cumple 70 años: ¿sigue vigente?

Filipinas ha sido un aliado tradicional de EE. UU. desde el final de la 2ª Guerra Mundial. No obstante, la llegada a la presidencia de Duterte ha trastocado este histórico desarrollo y su gobierno ha cuestionado varios de los acuerdos que rigen las relaciones bilaterales. Por tanto, ¿sigue vigente la alianza entre Estados Unidos y Filipinas en su 70 aniversario?

La alianza entre estadounidenses y filipinos surge de una interacción centenaria entre ambos. La historia de Filipinas durante el último siglo y medio ha estado estrechamente ligada a la de Estados Unidos. Tras la derrota española en 1898 ante los estadounidenses, Filipinas pasó a ser un dominio colonial de estos últimos. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial y la obtención de su independencia en 1946, ambos firmaron el Acuerdo de Bases Militares (ABM) y el Acuerdo de Asistencia Militar (AAM) al año siguiente, en 1947.

Esta relación se consolidó aún más con la firma del Tratado de Mutua Defensa EE. UU.-Filipinas de 1951, algo que facilitó una larga presencia militar estadounidense que se extendió durante 40 años en el país hasta la suspensión del ABM y la firma del Acuerdo de Fuerzas Visitantes (VFA en sus siglas en inglés) de 1999.

La presencia se dio principalmente a través de las bases naval y aérea Subic y Clark —que se conformarían como las dos bases estadounidenses más grandes en el extranjero—. Durante todo ese periodo, las bases estadounidenses en el archipiélago filipino fueron claves en la Guerra de Vietnam y funcionaron como un punto estratégico de logística para la arquitectura militar estadounidense en Asia Oriental, el Sudeste Asiático y el Pacífico Sur.

A pesar de la finalización del ABM, Filipinas siguió constituyendo un sólido aliado estadounidense en la región. Durante la “guerra contra el terror”, los estadounidenses constituyeron una importante fuente de apoyo para los esfuerzos antiterroristas de Manila en la isla sureña de Mindanao.

Durante la era Obama, esta cooperación se estrechó aún más con la adopción del Acuerdo de Cooperación en Defensa Reforzado (EDCA en sus siglas en inglés). A través de este nuevo acuerdo, EE. UU. y Filipinas codificaron una nueva relación en Defensa, en el cual se otorgaba acceso a Estados Unidos a ocho bases filipinas —incluyendo las bases de Clark y Subic—.

Rodrigo Duterte: un punto de ruptura

La llegada de Rodrigo Duterte a la presidencia filipina en 2016 cambió la tendencia de las relaciones filipinoestadounidenses. Su particular guerra contra las drogas y sus cuestionable métodos le valieron unas fuertes críticas procedente de los países occidentales. Unido a su propio antiamericanismo, las relaciones con los Estados Unidos se resintieron y vivieron una tensa época.

Este vacío fue aprovechado por China, que lanzó una ofensiva para atraer a la Filipinas de Duterte hacia su esfera de influencia. Hay que tener en cuenta que, poco antes de la llegada de Duterte, las relaciones sinofilipinas habían estado en uno de sus puntos más bajos con el anterior gobierno de Benigno Aquino III, que llevó la disputa del Mar de China Meridional a la Corte Internacional de Justicia (CIJ).

Precisamente en el año de su llegada a la presidencia, la CIJ emitió el dictamen en el cual daba razón a Filipinas y rechazaba las demandas chinas. No obstante, Duterte decidió no hacer demasiado caso a este fallo e inició un viraje hacia China, buscando principalmente un beneficio económico a través de las inversiones y el comercio.

Entre otras cosas, el gobierno de Duterte buscó financiación china para su iniciativa estrella —Build! Build! Build!— para mejorar notablemente las infraestructuras del país a través de la iniciativa de la Franja y la Ruta china. Esta confluencia de intereses hizo que se iniciara lo que ambas partes denominarían como una “era dorada” en sus relaciones bilaterales.

El culmen del desacuerdo filipinoestadounidense llegó en febrero de 2020 cuando Duterte anunció la cancelación del VFA, presumiblemente debido a las sanciones estadounidenses al senador Ronald de la Rosa, una de las figuras prominentes de la guerra contra las drogas.

Para revocar esta decisión y restablecer el acuerdo, Duterte pidió a Estados Unidos que se rascara el bolsillo. En mente tenía el caso de Pakistán, que recibió 16 mil millones de dólares durante el periodo 2001-2017, tal y como señaló el portavoz presidencial Harry Roque, en contraposición a los 3.9 mil millones de dólares recibidos en Filipinas durante el mismo periodo. Otra de las cuestiones que se asoció al mantenimiento del VFA fue el acceso a las vacunas contra la COVID-19 estadounidenses. Duterte llegó a señalar: “Si fallan en el envío, mejor que se vayan. Si no hay vacunas, no se quedan”.

Este movimiento fue visto como un intento de extorsión por parte de la oposición y una parte de la población, pues existe una importante facción proestadounidense dentro de la sociedad filipina —según una encuesta del Pew Research Center del año 2015, la percepción favorable de Estados Unidos era del 92% en el país—.

Finalmente, el acuerdo se restituyó en junio de 2021 con la visita del secretario de Defensa estadounidense Lloyd Austin a Manila. Entre otras razones, Estados Unidos cumplió con su parte y Filipinas recibió una donación de 3,2 millones de dosis de la vacuna de Jonhson & Johnson, Jansen, tras un envío inicial de 3 millones de dosis de Moderna.

Navegar entre gigantes

A pesar de estos desacuerdos, principalmente centrados en la figura de Duterte, no existe ningún país en la región del Sudeste Asiático que tenga unos lazos más fuertes e intensos con Estados Unidos que Filipinas.

Las relaciones con China han mejorado considerablemente con esta administración, pero las tensiones en la larga disputa territorial del Mar de China Meridional no han terminado de atenuarse. Duterte puso sus esperanzas en un posible acuerdo de la ASEAN con China para establecer un Código de Conducta en el Mar de China Meridional efectivo, pero las negociaciones no han avanzado según lo previsto y tampoco queda claro si este acuerdo lograría reducir la asertividad china en el mar.

Por tanto, lo que ha buscado Duterte es reducir la dependencia de Estados Unidos y aumentar un acercamiento hacia China, aunque esto no ha significado el abandono de los lazos con los estadounidenses o un pivote hacia China, sino que ha buscado equilibrar las relaciones con ambos. En numerosas ocasiones, Duterte ha señalado que quiere evitar a toda costa situar al país en el fuego cruzado entre ambos, es decir, no situarse en ningún bando en caso de que se diera la temida “trampa de Tucídides”.

Por el momento, las tiranteces en la alianza entre Filipinas y Estados Unidos continuarán mientras Duterte siga en el gobierno, cuyo mandato se extiende hasta el año 2022. Debido a las restricciones en los mandatos presidenciales de la Constitución filipina, ese supondría el último año de Duterte, aunque su partido le ha animado a participar en el futuro como vicepresidente. También se ha especulado con que su hija vaya a presentarse a las elecciones. Por tanto, es muy probable que el nuevo paradigma de política exterior filipina vaya a mantenerse en el futuro próximo.

Por Bienvenido Tingyi Chen Weng

Co-fundador del OPAP. Interesado en la política exterior china y del Sudeste Asiático, así como las relaciones intra-Asia Pacífico.

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