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La influencia estadounidense en la cultura militar japonesa: pasado, presente y futuro

El Imperio del Japón ha sido una nación que ha fundamentado históricamente gran parte de su cultura en la guerra. La archiconocida figura del samurái o el texto del Bushido (código de honor del guerrero) son fieles reflejos de ello. La llegada de la revolución Meiji en el siglo XIX, pese a modernizar la economía y las costumbres, no erradicó este poso belicista de la vida diaria de los ciudadanos del país. Ello facilitó la construcción de una ideología imperialista durante el reinado del Emperador Hirohito y el comienzo de la época Showa que, en última instancia, arrastró al país del sol naciente a la Segunda Guerra Mundial. No obstante, los bombardeos nucleares de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en el año 1945 forzaron la rendición ante el ejército estadounidense.

Desde ese momento, Japón estuvo a merced de los designios estadounidenses y cualquier aspiración de grandeza se desvaneció de la noche a la mañana. La nueva Constitución de 1947 estuvo fuertemente influenciada desde Washington, por no decir que fue casi diseñada desde la Casa Blanca. La retirada del carácter divino al Emperador junto con la imposición del artículo 9 —el cual prohíbe cualquier actuación bélica por parte del Estado— sacó del tablero de juego cualquier pretensión militarista dentro de las estructuras de poder niponas. 

Revisados estos hechos, cabe preguntarse ¿cómo Japón no atravesó una crisis de identidad nacional, si sus bases fueron alteradas? Y es que es lógico cuestionarlo, ya que la mayoría de los Estados que sufren ocupaciones suelen pasar por un periodo de posguerra normalmente caracterizado por una cohesión social muy reducida que desemboca en un replanteamiento de las estructuras culturales y políticas del país. La respuesta a esa pregunta se basa en la sustitución. El gran milagro del pueblo japonés fue ser capaz de mantener su esencia y su nacionalismo erradicando el belicismo y sustituyéndolo por el pacifismo. Pese a ser una imposición exterior, los ciudadanos lo adoptaron como un valor propio emanado desde el pueblo y su soberanía, convirtiéndose incluso cualquier mención al enfrentamiento en un tema tabú para la sociedad. 

Hoy en día esta realidad no ha cambiado y motiva una serie de problemas geopolíticos para la política exterior de Estados Unidos. Japón solo cuenta con unas limitadas fuerzas de autodefensa, las cuales fueron creadas en el año 1954, lo que se traduce en que el grueso de la protección del archipiélago pasa por las manos de la marina estadounidense, en una región que se está volviendo cada vez más tensa. El desarrollo de armas nucleares por parte de Corea del Norte junto con las disputas territoriales con China por la soberanía de las islas Senkaku/Diaoyu y la defensa de Taiwán están saturando militarmente a un EE. UU. que ve cómo progresivamente Pekín adquiere más y más poder. Por ello, una remilitarización controlada de Japón es conveniente para los intereses estadounidenses, ya que permitiría destinar menos recursos a la defensa de la que es la tercera economía del mundo. 

Este nuevo panorama ha forzado un choque entre la política exterior estadounidense de dos épocas totalmente opuestas. La población japonesa se encuentra mayoritariamente en contra de un rearme del país, pero el gobierno ha insistido con periodicidad en la Dieta (el parlamento japonés), sobre todo, durante el mandato de Shinzo Abe (2012-2020).

EE. UU. y sus actuaciones en la región marca claramente la línea a seguir para Tokio. Washington está siendo víctima de su propio pasado y de su presente. Aun manteniendo la proyección exterior que tiene sobre el país nipón, este es incapaz de hacer nada sin el refrendo de una sociedad civil cuya identidad nacional está asentada en el rechazo directo a la guerra y la militarización. Los Estados y sus poblaciones, en muchas ocasiones, se comportan igual que los seres humanos y solo aprenden o adoptan cambios cuando sufren traumas. En este sentido, es muy posible que la opinión pública japonesa sobre este tema sea inmóvil hasta que un suceso de elevada envergadura haga replantearse las verdaderas necesidades en materia de defensa y dependencia exterior. 

Si llegara dicho momento, la ciudadanía nipona se enfrentaría a una situación a la cual no está muy acostumbrada, el debate y la discusión pública. Hay que entender que nos encontramos ante la que es, probablemente, una de las poblaciones más rígidas existentes en el común de la escena internacional. La ruptura de los equilibrios ya establecidos va en contra de un principio básico de los valores japoneses, la armonía. Japón, como Estado, no puede permitirse exhibirse al mundo como un país sin autonomía y capacidad de imponer sus intereses de política exterior, pero tampoco puede rearmarse sin justificación, ya que ello reactivaría los fantasmas de un pasado, que siguen lastrando las relaciones exteriores de Tokio con sus vecinos asiáticos. Japón está obligado a adoptar un perfil bajo en cualesquiera que sean sus actuaciones de proyección exterior, hecho que limita la capacidad real de lograr cumplir los intereses nacionales que se persiguen, sin depender de la aprobación y la actuación del ejército estadounidense. 

En conclusión, Japón se encuentra ante el desafío de ser capaz de desarrollar un grado elevado de autonomía estratégica, a la vez que reduce su dependencia de la política exterior estadounidense e intenta generar un cambio en la opinión pública de la ciudadanía, la cual tiene el recuerdo del militarismo y sus consecuencias demasiado recientes. La influencia de EE. UU. sobre la cultura militar japonesa no ha variado a lo largo del tiempo ni parece poder estar cerca de cambiar en el futuro cercano bajo la nueva presidencia de Joe Biden. Washington tendrá que aprender a vivir con las consecuencias de su propio pasado, siendo Japón, el perfecto ejemplo de ello.

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