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El Emirato Islámico talibán de Afganistán: la cautela de China y Occidente ante lo desconocido

La historia reciente de Afganistán se podría resumir en la palabra “conflicto”. Los últimos dos siglos de su existencia han estado caracterizados por el constante surgimiento de enfrentamientos de toda índole que han lastrado de manera irremediable el avance y crecimiento de la nación. La retirada de las tropas estadounidenses y el consiguiente abandono de parte del material militar del cual se apoderaron los talibanes ha provocado el avance aplastante de los mismos contra un ejército pro-gubernamental poco formado e insuficiente para contrarrestar la insurgencia.

La toma de Kabul y el inicio del proceso de transición política ha iniciado una carrera por abandonar el país, que persiguen gran parte de los ciudadanos que, o bien no apoyan al nuevo régimen, o han colaborado con la coalición internacional a lo largo de estos últimos 20 años. Nadie en la comunidad internacional había pronosticado un resultado tan catastrófico, por lo que cada Estado del mundo ha reaccionado según las acciones que se iban sucediendo y priorizando sus intereses, como no podía ser de otra manera.

En este sentido, China no ha sido una excepción y su Ministerio de Asuntos Exteriores ha intensificado su agenda de manera notable estas últimas semanas. La preocupación de Pekín con Afganistán no responde tanto al sector económico y las concesiones de explotación mineras en el sur del país como se podría esperar, sino más bien a la posible desestabilización regional que el nuevo Emirato Islámico podría traer consigo.

Asia Central es un vecindario importante para el gigante asiático. La llegada de los talibanes al poder puede desestabilizar el complejo equilibrio de poderes que se dan en los Estados de la región, los cuales son en su mayoría multiétnicos. Ello sumado a la posible situación de que Afganistán se convierta en un refugio para extremistas uigures de la fronteriza provincia china de Xinjiang, ha provocado que la preocupación sobre el terreno se incremente.

Los talibanes no son una fuerza desconocida para Pekín. De hecho, en múltiples ocasiones, China ha expresado que, para poner solución al conflicto afgano, era importante tener en cuenta a los talibanes como una fuerza clave. Ello se demostró a lo largo del tiempo en las reuniones celebradas entre los líderes políticos talibanes y las autoridades chinas a lo largo sobre todo de estos últimos 10 años.

La última, celebrada el 28 de julio de este mismo año, vino a tener como objetivo el intentar asegurar que, si los talibanes se hacían con el poder —hecho que ha terminado sucediendo— estos reaccionarían de manera favorable hacia China y asegurarían que las fuerzas insurgentes o exógenas no amenazaran los intereses chinos en la región. Solo el tiempo podrá decir si esta situación se termina cumpliendo, porque lo único claro sobre Afganistán en la actualidad, es que su futuro es de todo menos claro.

Pekín ha anunciado que piensa formar parte de la reconstrucción del país en un intento de no cerrar puertas a futuras oportunidades, pero tampoco ha concretado ni ha anunciado todavía ninguna medida específica. Y es que si algo caracteriza actualmente al conjunto de la comunidad internacional con respecto a la nueva situación dada en Afganistán es la precaución y la cautela a la hora de realizar cualquier actuación, ya sea militar o diplomática que incumba a este país.

Occidente mirará con lupa a un gobierno que pretende basar su ley en la religión interpretada desde un fundamentalismo rígido, lo que, a los ojos de muchos, será un retroceso en los derechos humanos y sobre todo de la situación de las mujeres y las niñas. Es más que improbable que por parte de estos países llegue en algún momento a existir un reconocimiento de su gobierno colectivo por las consecuencias políticas internas que tal acto provocaría.

Sin embargo, esta situación no es tan clara para aquellos países no democráticos, cuya percepción del mundo gira alrededor de otra serie de valores e intereses. La comunidad internacional se va a ver forzada en un futuro cercano a entrar en un juego no muy cómodo para según que actores, el cual estará regido sobre todo por los actos internos del nuevo gobierno talibán y la respuesta de estos hacia las interacciones que se van a suceder en una escena internacional a la que ya estaban acostumbrados a formar parte, pero no desde un punto de vista estatocéntrico.

Pese a que ya gobernaron el país con anterioridad hasta la invasión por parte de EE. UU., la transición de grupo insurgente a entidad gubernamental no siempre es bien asumida por los que han protagonizado el cambio político en un país. El movimiento no está enteramente estructurado por las mismas personalidades ni motivaciones que antaño. Los talibanes, por ende, también atravesarán un proceso de reaprendizaje sobre sí mismos, a imagen y semejanza que el resto de los Estados del mundo sobre Afganistán.

Como reflexión cabe preguntarse hasta qué punto es hipócrita escandalizarnos por Afganistán cuando en el mundo encontramos Estados cuyo código civil y penal sigue estando regulado por la sharía y la violación de los derechos humanos es constante. ¿Aceptamos desde occidente estas transgresiones por puro interés económico o es que existe una doble moralidad con respecto a lo que es moralmente aceptable?

En conclusión, este nuevo periodo significará una prueba a nivel internacional tanto para los Estados democráticos como para aquellos que no lo son. La atención del mundo se centra otra vez en Afganistán. Los fantasmas de la lucha contra el terrorismo de principios de siglo se reactivan ante una situación que se presenta como desconcertante e imprevisible, en la que nadie puede aventurarse a dar un paso en falso.

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