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La política exterior de Moon Jae-In hacia Corea del Norte: una brecha más allá de lo fronterizo

La política exterior es un elemento central de la política interna de Corea del Sur, llegando a ser incluso decisoria en los resultados de las elecciones. Los recientes cambios en la misma por parte del gobierno del presidente Moon Jae-in han roto con años de doctrina, lo que ha podido tener un coste político elevado, cuyas consecuencias solo el futuro podrá ser capaz de clarificar.

La guerra civil coreana (1950-1953) no solo fue el primer enfrentamiento sobre el terreno entre el bloque occidental y el soviético, sino que también significó la separación en dos de un pueblo que había convivido como uno solo durante siglos. Esta división es aún más traumática si le sumamos el hecho de que los dos nuevos Estados se asentaron sobre unas bases ideológicas totalmente contradictorias, variable que siempre juega en contra de los procesos de paz y reconciliación.

La firma del armisticio el 27 de julio de 1953 no finalizó el conflicto, sino que más bien lo congeló en el tiempo. El paralelo 38 se convirtió en la zona “desmilitarizada” más vigilada del mundo y la tensión es el pan de cada día de los ciudadanos de ambos países. Numerosas familias quedaron divididas por los enfrentamientos y muchas de ellas no se volvieron a reencontrar nunca más.

El recuerdo de estos sucesos ha pesado fuertemente en el pensamiento colectivo de parte de la sociedad surcoreana. La reunificación ha sido un punto central de la cultura política del país, llegando incluso a constituir un movimiento social propio. Dentro de este mismo, encontramos principalmente dos líneas de pensamiento. Por un lado, la conocida como política del sol, que aboga por el diálogo y evitar imponer sanciones y amenazas a Pyongyang, siguiendo la lógica de que, si los norcoreanos no se sienten ofendidos ni atemorizados, estos estarán mucho más dispuestos a conversar. Y, por otro lado, la política de la línea dura, la cual plantea que la vía más rápida para obtener la reunificación es la de aislar progresivamente a Corea del Norte hasta que su sistema colapse, a la vez que, desde Seúl, el ejército de la nación se prepara ante un posible ataque.

Hoy en día, 70 años después del inicio de las hostilidades, el pueblo surcoreano ha cambiado sustancialmente tanto en su forma de ser como en su mirada hacia el norte. El desarrollo de una economía capitalista de mercado y de una cultura occidentalizada ha provocado que incluso el lenguaje y la forma de comunicarse disten mucho de parecerse a las de Pyongyang. A todo ello, hay que sumarle el hecho de que cada vez existen menos familias divididas, ya que muchos de los familiares han fallecido y obtener información sobre su descendencia se erige como una ardua tarea debido a la opacidad del régimen Juche.

El actual presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, perteneciente al Partido Democrático de Corea, ha basado su política exterior hacia Corea del Norte en unas posiciones más cercanas a las de la política del sol que a las de la línea dura. La diplomacia deportiva ha jugado un papel vital dentro de la legislatura actual. Se ha aprovechado el deporte y la celebración de los Juegos Olímpicos de invierno en PyeongChang (Corea del Sur) en el año 2018 como una oportunidad de acercar posiciones con los norcoreanos.

Así, pues, asistimos a momentos históricos como la participación bajo un equipo unificado en hockey sobre hielo, el desfile bajo una sola bandera de los atletas de ambos países o la asistencia de la hermana del dirigente Kim Jong-un a la inauguración del evento. A todo ello, le siguió la celebración de una cumbre entre los dirigentes de las dos Coreas en abril del mismo año en la zona desmilitarizada (DMZ) del paralelo 38, en la que, por primera vez desde el final de la guerra, un mandatario norcoreano cruzó de manera simbólica la frontera hacia el sur. De esta reunión no se obtuvieron avances significativos, pero sí se escenificó el progresivo acercamiento realizado por ambas partes.

El conjunto de todas estas acciones ha irritado a muchos surcoreanos, que han visto en su presidente un hombre sin carácter de Estado y débil, llegando los sectores más extremistas a considerar todo lo realizado incluso como un acto de traición a la patria. Y parece ser que políticamente sí que existe un desgaste importante, ya que recientemente, en la celebración de las elecciones municipales, el partido del actual dirigente ha perdido el gobierno de las dos ciudades más grandes del país, Seúl y Busan.

La pérdida del apoyo popular puede responder principalmente tanto a la oposición directa de aquellos que prefieren mostrar al mundo una Corea del Sur fuerte y férrea como a la existencia de una generación joven que se desentiende de los problemas del pasado, con los que entiende que no tienen conexión y solo mira hacia el futuro.

Sin embargo y más allá de todas las especulaciones posibles, hay una certeza y es la de que claramente la política exterior del presidente Moon ha dividido y reabierto heridas en la sociedad civil surcoreana, lo que ha provocado la intensificación del debate sobre la reunificación a la vez que esta, paradójicamente, parece cobrar cada vez menos interés entre la población juvenil.

Las elecciones presidenciales pendientes de celebrarse en el año 2022 juzgarán qué Corea del Sur tiene más peso ahora, si la que defiende el acercamiento de posiciones o la que pretende avanzar de manera independiente y sin mirar atrás. La brecha social, definitivamente, se suma a la geográfica.

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