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Cooperación o remilitarización: el debate sobre el futuro de la política exterior japonesa

El imperialismo de la época Showa arrastró al país del sol naciente a una Segunda Guerra Mundial que finalizó con los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki y la rendición ante las fuerzas armadas estadounidenses. Los territorios ocupados durante el conflicto fueron duramente represaliados por parte del ejército nipón, siendo un fiel reflejo de ello la ciudad de Nankín en China. Estos actos fueron juzgados durante los procesos de Tokio, siendo parte de sus responsables condenados y ajusticiados. La herencia de esta leyenda negra ha provocado que los países que fueron sometidos al yugo japonés miren actualmente con recelo cualquier actuación de política exterior promovida desde Tokio. Ello llevó a la recién creada democracia nipona a verse obligada a repensar la imagen que quería proyectar como Estado hacia el resto de la sociedad internacional.

Asumir un perfil bajo, más que una opción, era una obligación dadas las circunstancias. La cooperación internacional parecía el instrumento más viable y que más en línea estaba con las nuevas pretensiones japonesas. En virtud de ello, en abril de 1954, se constituyó la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional (JICA). Poco a poco, fue ganando importancia dentro de la administración pública japonesa hasta convertirse en la institución pública con más empleados del país. Esto no es de extrañar si analizamos la su evolución. A lo largo de sus casi 70 años de existencia, la agencia ha llegado a más de 150 países y Japón se ha convertido en uno de los diez Estados que más fondos aportan a la ayuda a la cooperación.

 La cooperación ofrecida por parte de la JICA no solo se basa en ayudas directas y préstamos, sino que se apoya en el desarrollo de actividades técnicas y educativas en los países menos desarrollados. La preferencia por esta vía de actuación ha tenido un mejor impacto sobre el terreno que las demás políticas tradicionales, ya que permite observar repercusiones y beneficios inmediatos para la población asistida.

Gracias al conjunto de estas actividades, la percepción sobre Japón es sustancialmente positiva en muchos Estados, destacando la región de Latinoamérica y el continente africano, donde se ejecutan el grueso de las actuaciones.

Sin embargo, el hueso duro de roer para la política exterior nipona sigue siendo el Sudeste Asiático. El transcurso de las décadas ha reducido el rencor, pero no ha eliminado el pasado de la memoria. Las relaciones comerciales es el sector donde más se ha avanzado gracias a la inversión de los conglomerados japoneses (zaibatsus) en infraestructuras e industria. Es un hecho, que las relaciones diplomáticas se han naturalizado y el recelo se ha reducido, pero sigue existiendo un retal del pasado hacia Tokio. Esta mirada con lupa se centra más en el aspecto de la militarización que en cualquier otro ámbito.

El artículo 9 de la carta magna nipona renuncia al uso de la guerra y la violencia como instrumento de política exterior, lo que forzó que Japón solo cuente con unas fuerzas armadas limitadas a la autodefensa del país. Recientemente y, sobre todo, bajo la presidencia de Shinzo Abe, se intentó aumentar el presupuesto dedicado a defensa, lo que despertó un debate tanto a nivel interno como internacional.

La sociedad japonesa, cuyo pacifismo se encuentra ya incorporado dentro de la identidad nacional colectiva, rechaza frontalmente esas intenciones, pero las necesidades en relación con la seguridad nacional y la influencia de Estados Unidos sobre el gobierno del país instan a un replanteamiento de la cultura de defensa principalmente debido a la amenaza que Corea del Norte representa por su programa nuclear y a la histórica disputa por las islas Senkaku/Diaoyu con China. Si se llegara a producir este incremento notable en el gasto defensivo, Japón pasaría de proyectar un perfil bajo a constituirse como una fuerza militar no hegemónica, pero sí importante, sobre la región, hecho que despertaría temores.

Como se puede deducir, un aumento en la remilitarización choca frontalmente con la doctrina en relaciones exteriores adoptada durante las últimas siete décadas, algo que constituye inequívocamente un replanteamiento de las prioridades. Tokio debe decidir entre aumentar su autonomía militar o seguir cimentando la construcción de una proyección basada en ser percibidos como un país amable, desarrollado, generoso y pacífico.

Estados Unidos seguirá ofreciendo, como aliado principal de Japón, el paraguas defensivo del que ahora es beneficiario, sin embargo, este no desaprovechará la oportunidad de poder redirigir recursos hacia aquellas zonas donde puede obtener mayores beneficios o ejercer mayor presión si se presenta la ocasión.

En definitiva, Japón atravesará en el futuro cercano un debate interno a nivel tanto académico, como político y social, sobre su forma de presentarse ante el mundo. ¿Autonomía o dependencia? ¿Disuasión o pacifismo? Estas serán cuestiones que solo el tiempo podrá discernir.

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