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Las grietas de la alianza entre los kiwis y los aussies

A principios de febrero de 2021, Nueva Zelanda y Australia se enzarzaron en una disputa diplomática por la detención de una militante del Estado Islámico en la provincia sureña turca de Hatay, fronteriza con Siria. La mujer tenía doble nacionalidad australiana y neozelandesa, pero las autoridades de Canberra decidieron cancelar su pasaporte, pasando a ser responsabilidad únicamente de Wellington.

La primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, acusó a los aussies de eludir su responsabilidad —“Nueva Zelanda está cansada de que Australia exporte sus problemas”, comentó—, señalando que esta persona tenía fuertes lazos con Australia, pues había vivido hasta los seis años en Nueva Zelanda y, posteriormente, ha residido en Australia.

Por su parte, Scott Morrison, primer ministro australiano, defendió la posición de su gobierno, ya que considera que respondía a “los intereses de seguridad nacional australianos”. En una conferencia de prensa posterior, indicó que “No queremos ver a terroristas que han luchado con organizaciones terroristas disfrutando de los privilegios de la ciudadanía, que creo que pierden en el momento en el que se involucran como enemigos de nuestro país”.

Este no ha sido el primer rifirrafe diplomático respecto a las deportaciones. El endurecimiento de la política de inmigración australiana ha sido un punto de fricción constante en las relaciones diplomáticas transtasmanas desde 2014, cuando se realizó una enmienda a las leyes de visados australianas que suponía la cancelación del visado de cualquier persona que haya recibido una sentencia de prisión de más de 12 meses. Así, desde el año 2015, más dos mil neozelandeses han sido deportados fuera de Australia. 

El problema surge cuando muchas de esas personas han vivido la mayor parte de sus vidas en Australia, habiendo prácticamente solo nacido en el país vecino. Son varios los casos de personas, normalmente condenadas con delitos relacionados con el tráfico de estupefacientes que han sido separados de sus hijos y de sus familias al obligarles a regresar a Nueva Zelanda —donde no tienen ningún vínculo de amistad ni familiar— a pesar de contar con penas menores a los dos años.

El otro principal foco de desacuerdo es el posicionamiento frente a China. La llegada de Morrison al gobierno en Canberra dio inicio a una guerra comercial con el gigante asiático y un recrudecimiento del tono entre los diplomáticos aussies y chinos.  Al contrario, los neozelandeses han adoptado una posición mucho más comedida frente al mayor socio comercial de ambos.

La “blanda” posición de Nueva Zelanda frente a China ha suscitado diversas críticas de sus socios tanto al otro lado del mar de Tasmania, como de sus otros socios dentro del Five Eyes o Cinco Ojos —EE. UU., Reino Unido y Canadá—, la alianza en inteligencia más antigua que tiene sus orígenes en la Segunda Guerra Mundial.

A pesar de que Wellington ha adoptado unas decisiones parecidas a las de sus socios —prohibición de la tecnología 5G de Huawei, condena de las acciones de Beijing en Xinjiang o Hong Kong, etc.—, los neozelandesesse han mostrado más abiertos a trabajar con China para resolver sus discrepancias, tal y como señaló Ardern en un reciente discurso en el China Business Summit, donde dijo que las diferencias con China eran cada vez más difíciles de reconciliar, pero dejó claro que no las veía como irreconciliables.

Precisamente, respecto a esta cuestión, poco tiempo después se pronunció el actual ministro de Comercio neozelandés, Damien O’Connor. Tras firmar un acuerdo para mejorar el Tratado de Libre Comercio entre China y Nueva Zelanda, después de que las mismas negociaciones de Beijing con Australia no prosperaran un mes antes, O’Connor lanzó un dardo a su homólogo australiano: “No puedo hablar por Australia y la forma en la que maneja sus relaciones diplomáticas, pero claramente si nos siguieran, mostraran respeto [a China], hablaran con un poco más de diplomacia de vez en cuando y fueran cautelosos con el lenguaje, con suerte, podrían estar en una situación similar [a la nuestra]”. 

Mientras las relaciones entre China y Australia se están recrudeciendo a medida que pasa el tiempo, los medios de comunicación chinos han reiterado a los australianos que sigan con el ejemplo de Wellington.

Robert Ayson, profesor de estudios estratégicos de la Universidad de Victoria de Wellington, ha indicado que Beijing podría explotar la división entre ambos países, aunque considera que tanto Australia como Nueva Zelanda tienen un interés común en no darle a Beijing oportunidades para dividir su alianza.

Sin embargo, si Wellington sigue manteniendo su posición de política exterior independiente y, sus socios, incluyendo a Canberra, deciden estrechar su cerco sobre Nueva Zelanda para la adopción de una postura más dura frente a Beijing, podría terminar por explotar y afianzar las fricciones entre los kiwis y los aussies.

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Por Bienvenido Tingyi Chen Weng

Co-fundador del OPAP. Interesado en la política exterior china y del Sudeste Asiático, así como las relaciones intra-Asia Pacífico.

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