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Tambores de Guerra en Asia Central: Lecciones del Conflicto Fronterizo entre Kirguistán y Tayikistán

El pasado 29 de abril, Tayikistán y Kirguistán llevaron a cabo un conflicto fronterizo que puede tener grandes consecuencias tanto en la política interna de ambos países como en la política regional

Recientemente, se ha producido uno de los hechos más disruptivos que han acontecido en la región de Asia Central desde su independencia tras la desintegración soviética: un conflicto fronterizo. Los dos bandos no han sido otros que Kirguistán y Tayikistán, las dos repúblicas centroasiáticas más pequeñas, con menos recursos y, en muchos sentidos, menos resilientes y más frágiles. Y es que este conflicto se ha sumado a una inestabilidad casi sistémica que ha afectado duramente a las perspectivas de desarrollo interno de estas repúblicas.

En el caso kirguiso, este país ha demostrado el mayor dinamismo social de la región de Asia Central, que ha derivado en el más democrático de los cinco regímenes centroasiáticos. Este país, dividido por las Tian Shan o Montañas Celestiales —lo que ha derivado en grandes diferencias y luchas por el poder entre las élites del norte y del sur por los recursos políticos y estatales— ha visto hasta tres revoluciones, que han sacado del poder primero a Asqar Aqayev en la “Revolución de los Tulipanes” (2005), después al propio revolucionario, Qurmanbek Bakiyev (2010), y, por último, recientemente a Sooronbai Jeenbekov (2020) —quien, aunque accedió pacíficamente al poder de forma democrática, impulsó el encarcelamiento del expresidente y exaliado suyo Almazbek Atambayev—. Esta última Revolución, iniciada a raíz de unas elecciones parlamentarias fraudulentas, llevó a la ocupación de la Casa Blanca kirguisa y terminó derivando en unas elecciones presidenciales en las que el nacionalista y símbolo de la revolución, Sadyr Japarov, se alzó con la victoria.

En Tayikistán, inmediatamente después de la independencia estalló una Guerra Civil que enfrentó a las antiguas élites soviéticas, lideradas por Emomalî Rahmon y con apoyo ruso, contra el Frente de Salvación Nacional, posteriormente conocido como Oposición Tayika Unida, principalmente formado por fuerzas islamistas. Tras 5 años de combates, empeorados por la cercanía de Afganistán, ambos bandos llegaron a un armisticio en 1997, a través del cual los cuadros opositores y señores de la guerra se verían incluidos dentro del régimen. Desde entonces, Tayikistán ha mantenido una relativa estabilidad, todo ello a la vez que Rahmon y su familia han ido acumulando cada vez más poder, eclipsando cualquier elemento opositor —también aquellos incluidos en el régimen tras el armisticio— hasta patrimonializar el Estado. Y 30 años después de la independencia, Rahmon es el único líder centroasiático que se mantiene en el poder, habiendo sobrevivido a sus entonces colegas autoritarios: Nursultan Nazarbaev en Kazajstán, Islom Karimov en Uzbekistán y Saparmyrat Nyýazow en Turkmenistán. Pero el régimen de Rahmon, aparentemente anquilosado, empieza a verse necesitado de un relevo generacional y, supuestamente, el favorito para sucederle no es otro que su hijo de 32 años, Rustam Emomalî, encontrándose Dusambé en estos momentos en un delicado proceso de transición.

Además, en adición a los problemas internos ya vistos, la situación de ambos países se ha visto duramente afectada por la pandemia de la COVID-19, la cual ha golpeado con fuerza la región y, debido a los cierres, ha contribuido a la reducción de las remesas provenientes de inmigrantes en Rusia, especialmente importantes para estas pequeñas economías.

Es en este contexto de debilidad interna que, el pasado 29 de abril, estalló el conflicto fronterizo. Aquí, como sucede en otras tantas exrepúblicas soviéticas, la delimitación fronteriza realizada en su momento por Moscú ha arrastrado toda una serie de problemas. La Unión Soviética estableció unas fronteras ahistóricas en la región, dividiendo el conocido como Turquestán en cinco repúblicas bajo criterios exclusivamente étnicos, una tarea especialmente ardua en una región caracterizada por la multiculturalidad. Esto generó una frontera enormemente complicada que no responde ni a criterios geográficos ni económicos y que cuenta con toda una serie de exclaves que dificultan aún más la controversia, lo que es especialmente visible en el mayor punto de tensión como es el Valle de Ferganá. Pero, además, esto tampoco supuso la creación de repúblicas monoétnicas, pues en todas ellas, sobre todo en Tayikistán, Kirguistán y Uzbekistán, sigue existiendo una gran diversidad, lo que genera aún mayores tensiones sociales e incluso pogromos*.

El Valle de Ferganá

En este sentido, solo 519 de los 971 kilómetros de frontera entre Kirguistán y Tayikistán están delimitados, con reclamaciones mutuas y tensiones étnicas. A este hecho hay que añadir la desigualdad en el acceso a los recursos hídricos del valle, lo que en una región relativamente seca genera aún mayores tensiones. Así, son habituales los choques entre civiles en Ak-Sai, Kök-Tash y Samarkandyk, Kirguistán; y en Chorku, Surj y Voruj, Tayikistán.

Este último, Voruj, es un exclave tayiko que se puede apreciar fácilmente en el mapa anterior y que ha sido el escenario principal y la causa inmediata del conflicto fronterizo. Este exclave es enormemente importante y preciado en la medida que cuenta con la planta de riego Golovnaya, que lo convierte en especialmente fértil en contraposición a las tierras kirguisas que lo rodean. A este respecto, Japarov ofreció a Dusambé un intercambio de Voruj por un territorio kirguiso fronterizo que tuviese el mismo tamaño —pero que necesariamente iba a ser más pobre—, hecho que fue respondido inmediatamente por Rahmon, quien se negó en banda y visitó Voruj, prometiendo que este territorio seguiría siendo tayiko. De esta forma, Voruj pasó a ser un balón de oxígeno para el régimen de Rahmon, necesitado de legitimidad para afrontar la ya mencionada sucesión.

Pero la retórica nacionalista en ambos bandos se fue de las manos y terminó derivando en un encontronazo entre civiles en la frontera del exclave, que escaló muy rápidamente a un enfrentamiento directo entre ambos ejércitos, que desplegaron todo tipo de armamento. Aquí, Dusambé demostró estar mucho mejor preparado, avanzando rápidamente sobre el territorio kirguiso —desplazando los enfrentamientos más allá de Voruj— y dejando tras de si varios pueblos quemados y decenas de miles de desplazados. Finalmente, ambos firmaron un alto el fuego el 1 de mayo por el que retiraban sus tropas de la frontera, poniendo fin a los enfrentamientos y restableciendo el statu quo previo, todo ello a la vez que acordaron una cumbre entre Japarov y Rahmon y un grupo de trabajo para delimitar 112 kilómetros de la frontera.

No obstante, este breve conflicto ha tenido un claro vencedor y un evidente derrotado. Rahmon sale muy reforzado, habiendo demostrado que su régimen es capaz de defender Tayikistán ante cualquier amenaza —lo que no es cuestión baladí en un país que hace frontera con Afganistán—, suponiendo un empujón a su legitimidad y popularidad, lo que trae consigo una mayor seguridad a la hora de ceder el poder a su hijo. Por otro lado, la retórica nacionalista y el espíritu revolucionario de Japarov, que derivaron en una política agresiva por parte de Bishkek, se han dado con su primer canto en los dientes, poniendo en entredicho al nuevo Gobierno, lo que en un país tan socialmente activo como Kirguistán puede tener consecuencias inesperadas.

Por otro lado, el conflicto se ha producido sin que hubiese una activa mediación por parte de ningún tercero. Kirguistán y Tayikistán son, técnicamente, aliados militares al pertenecer ambos a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una alianza internacional liderada por Rusia que integra también a Belarús, Kazajstán y Armenia. Sin embargo, a la vez que la OTSC parece estar haciendo una dejadez de funciones en el Cáucaso ante la ocupación territorial por parte de Azerbaiyán de territorio armenio, dos de sus miembros han llevado a cabo un conflicto entre ellos. Esto demuestra los límites de la Organización y también que Rusia poco a poco está recalibrando su involucramiento en Asia Central y la antigua Unión Soviética en general. China, por su parte, pese al enorme peso económico en ambos países que podría utilizar para forzar una mediación, no parece tampoco interesada en asumir ese papel, ni siquiera a través de la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS). Y Uzbekistán, pese a que desde la llegada al poder de Shavkat Mirziyoyev en 2016 esté buscando asumir un papel más protagonista en Asia Central, se ha limitado, simplemente, a hablar por teléfono con ambos Presidentes.

Por tanto, sin que aparentemente haya nadie dispuesto a mediar activamente, la paz en la frontera de ambos países queda a merced de sus Gobiernos. Rahmon ha aprendido que la retórica nacionalista vis-à-vis Kirguistán puede ser el vehículo perfecto para asegurar la patrimonialización continuada del Estado por su familia mientras Japorov se ve ahora a la defensiva, rodeado de un discurso nacionalista y, potencialmente, un espíritu revanchista que podría llevar a nuevos enfrentamientos.

Pese a que, al hablar de Asia Central, se suelen enfatizar amenazas como lo que la OCS llama “3 males” —el terrorismo, el extremismo y el separatismo—, recientemente hemos podido observar que el conflicto interestatal en una región marcada por unas fronteras enormemente problemáticas no es ni mucho menos descartable. Al mismo tiempo, este enfrentamiento ha puesto en entredicho la vigencia de la OTSC y del “Espíritu de Shanghái” —por el cual Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Rusia delimitaron sus fronteras con China cooperando de buena fe—. De momento nos hemos visto ante un choque a pequeña escala, pero en caso de una escalada mayor, la pregunta es: ¿podrá ser gestionado por las estructuras ya existentes y los distintos actores regionales? Desde luego, este conflicto fronterizo no es una buena señal a este respecto.

*Un ejemplo es el caso del conflicto étnico acontecido en Osh en 2010. Osh es la segunda ciudad más importante del país y, al mismo tiempo, es una de las más diversas. Situada en el Valle de Ferganá, a escasos kilómetros de Uzbekistán, cuenta con una mayoría étnica de uzbekos y una importante población kirguisa. Aquí, en el contexto de la ya mencionada Revolución de 2010 en Kirguistán, estalló una violencia étnica de enormes proporciones, que dejó más de 400 muertos y afectó tanto a kirguisos como a uzbekos, aunque estos últimos se llevaron la peor parte, con 300.000 desplazados y 111.000 abandonando el país hacia Uzbekistán.

Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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