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Las relaciones entre Corea del Norte y Mongolia: oxígeno para Pyongyang

Las relaciones internacionales a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX estuvieron fuertemente condicionadas por la Guerra Fría y los bloques ideológicos que se constituyeron. La caída de la Unión Soviética el 26 de diciembre del 1991 produjo un terremoto tanto interno como externo para todos los Estados dependientes de Moscú, debido principalmente a la pérdida del apoyo económico y el liderazgo político. Mongolia y Corea del Norte, regímenes comunistas ambos, sufrieron las consecuencias de este proceso histórico, sin embargo, la resistencia desde Ulán Bator a todos los cambios que se estaban produciendo en la sociedad internacional fue mucho más débil que la de Pyongyang, hecho que se consumó en 1992 con la disolución de la República Socialista de Mongolia y el inicio de un proceso constituyente democrático. La filosofía y el hermetismo Juche hicieron que la reunificación de la península de Corea por el colapso del bloque comunista no fuera posible ya que Corea del Norte encontró en Pekín, más que nunca, el soporte vital que necesitaba y que siempre le han prestado, pero, desde luego, afrontó el futuro desde una posición menos halagüeña.

Las relaciones exteriores entre Mongolia y Corea del Norte siempre se han caracterizado por ser bastante estables y amigables, desde el establecimiento de relaciones diplomáticas en 1948, siendo una de las primeras naciones en hacerlo. Prueba de todo ello fue que la primera visita de un Jefe de Estado recibida por parte de Kim Jong Un fue la del presidente de la República de Mongolia en el año 2013. Este interés por mantener las buenas relaciones se ha justificado a lo largo del tiempo debido a la explotación y el comercio de recursos mineros como el carbón, el estaño o el cobre, necesarios para el éxito de los planes de crecimiento industrial de Pyongyang.

Mongolia, como país rodeado por potencias como la Federación de Rusia o la República Popular de China, ha basado la actuación de su Ministerio de Asuntos Exteriores en la supervivencia y en asegurar el mayor nivel de independencia económica y política posible con respecto a ellos. Por ello, los mongoles han aprendido a saber mantener la equidistancia en los conflictos generados para salir lo menos perjudicados posible. Esta línea de política exterior provoca que Corea del Norte vea a Mongolia como un país pacifista y no hostil con el que se pueden entablar relaciones de cooperación bilateral. En 2018, ambos Estados procedieron a la firma de un acuerdo por el cual se incrementaban las actividades relacionadas con la diplomacia cultural y el comercio entre ambos países.

Sin embargo, no es oro todo lo que brilla. Muchos de los desertores y refugiados norcoreanos eligen ir a Mongolia por su proximidad en cuanto a las fronteras, así como la actitud favorable para con ellos por parte del gobierno. Normalmente, estas personas son reubicadas en aquellos países que ellos solicitan, siendo común la elección de Corea del Sur, hecho que enfada a Pyongyang. Existen rumores de que desde Ulán Bator se realizan devoluciones ilegales a Corea del Norte, pero hasta ahora ninguna agencia ni organismo internacional ha conseguido certificarlo.

A su vez, Mongolia ha sido parte de la maquinaria de espionaje e inteligencia norcoreana de las últimas décadas. La oficina 39, conocida por liderar actividades no muy regulares ligadas a la extracción y atesoramiento de divisas extranjeras para el régimen, encontró en el territorio mongol una oportunidad de incrementar los ingresos para el Estado juche. Pyongyang —con el fin de financiar sus proyectos evitando las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas— ha enviado trabajadores, sobre todo del sector de la construcción, con la finalidad de quedarse con todo el sueldo de los ciudadanos empleados, situándoles en una condición de esclavismo de facto y violando todos los tratados y convenciones internacionales ligadas al derecho de los trabajadores. Mongolia ha sido acusada desde Seúl de permisividad ante estos actos, a lo que desde la capital mongola se ha habituado a contestar que no hay pruebas de ello. 

Estados Unidos, archienemigo de Corea del Norte, ha solido utilizar a Mongolia a lo largo de los años como eje de comunicación con Pyongyang, lo que les ha garantizado ser visto por parte de Washington como a un actor al que tener en cuenta dentro del desarrollo de las acciones pertinentes a todo lo relacionado con el conflicto intercoreano.

El aumento de las tensiones en Asia Oriental debido a la intensificación del programa nuclear norcoreano y sus ensayos ha provocado que, recientemente, esta situación de aseverada neutralidad por parte de Mongolia se haya visto ligeramente alterada. Para ellos, es incompatible mantener el statu quo si la situación en la región para con los norcoreanos se vuelve más desagradable por momentos. Por ello, a lo largo de los últimos dos años, hemos podido contemplar cómo se ha expulsado a los trabajadores norcoreanos sospechosos de encontrarse bajo explotación y se ha mantenido un perfil más bajo en cuanto a las relaciones exteriores se refiere.

Por lo tanto, cabe preguntarse ¿tienen futuro las relaciones entre ambos Estados? Desde un punto de vista global, la respuesta es que sí. Mongolia no puede, como país, permitirse tensiones con ninguno de sus vecinos de la región debido a la enorme diferencia de capacidades existente y Corea del Norte ve en Ulán Bator un balón de oxígeno diplomático y económico que, aunque no sea muy grande, ayuda al sustento del partido y su población. Sin embargo, las relaciones son muy dependientes de la imagen exterior y las sanciones internacionales, por lo que presentan una clara grieta que puede profundizarse con el tiempo.

Mongolia se ha convertido en parte indirecta de la política exterior en Asia Oriental, cuando su intención no estaba ni cercanamente encaminada en ello. Las relaciones bilaterales establecidas son totalmente asimétricas, lo que deja a Pyongyang en una situación frágil y dependiente. El gobierno mongol no parece estar dispuesto a alterar la equidistancia como piedra angular de su política exterior a corto plazo, pero sí es consciente de los límites a los que está sometido y actuará en consecuencia de ello sin dubitación.

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