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Pakistán y el dilema de Malaca: ¿bendición o maldición para los intereses geoestratégicos chinos?

Hagamos un ejercicio de imaginación y prospectiva. Corre el año 2034. El destructor de misiles guiados estadounidense USS John Paul Jones conduce una patrulla rutinaria de libertad de navegación en el Mar de China Meridional. En una serie de acontecimientos y errores de cálculo, el destructor estadounidense acaba siendo hundido por la Armada china, lo que termina por desatar una guerra nuclear entre ambos. Esta es la premisa inicial de la nueva novela distópica “2034: A Novel of the Next World War” de Elliot Ackerman y Jim Stavridis.

Ahora bien, vayamos un paso más allá. En el inicio del conflicto, la Armada estadounidense, en un ejercicio de perspicacia, decide bloquear el estrecho de Malaca, un estrecho tramo de agua situado entre la isla de Sumatra y la península de Malaca por el cual pasa aproximadamente el 80% de las importaciones petroleras chinas, dejando a China sin uno de sus recursos energéticos clave.

El estrecho de Malaca. Fuente: By DoD – File:China Report 2006.pdf, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12597013

Este es uno de los grandes miedos de los estrategas chinos: que una nación rival sea capaz de interrumpir el tránsito de este recurso estratégico. De esta forma, surge el llamado “dilema de Malaca”, un concepto pronunciado por primera vez por parte de Hu Jintao en 2003. Para paliar esta vulnerabilidad estratégica, Beijing ha buscado mitigar el riesgo de bloqueo tomando varias medidas para diversificar en sus fuentes y rutas energéticas.

Una de estas grandes medidas es el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC en sus siglas en inglés). Con una estimación de más de 60 mil millones de dólares en proyectos, el CPEC es el buque insignia de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI en sus siglas en inglés) y su proyecto más grande. Este plan tiene el propósito de modernizar y mejorar la infraestructura tanto terrestre como marítima pakistaní con el objetivo final de conectar los puertos de Gwadar y Karachi con la provincia china de Xinjiang.

Para Pakistán, estos proyectos son fundamentales para alcanzar el objetivo marcado en la “Pakistan 2025: One Nation-One Vision”, es decir, pasar de ser un país de ingreso mediano bajo a ser un país de ingreso mediano alto –según la clasificación del Banco Mundial– para el año 2025.

El compromiso de inversión china es tres veces la inversión extranjera total que ha recibido Pakistán en casi una década, lo que le permitiría duplicar su capacidad energética y la posibilidad de impulsar su economía a través de las nuevas carreteras y puertos.

A cambio, China obtendría un acceso terrestre al mar Arábigo, en el Océano Índico, a través del puerto de Gwadar sin tener que cruzar el estrecho de Malaca. Mediante la construcción efectiva del oleoducto esbozado, que cruzaría Pakistán de sur a norte con destino final en Kasgar (Xinjiang), Beijing aliviaría la vulnerabilidad estratégica que emana del “dilema de Malaca”.

Sin embargo, el proyecto le está trayendo más de un dolor de cabeza a Beijing. En primer lugar, algunos expertos señalan que el oleoducto China-Pakistán, además de las proezas de ingeniería necesarias, sería económicamente insostenible. Este es el caso del analista Rahul Jaybhay, que señala que “el plan para transportar petróleo a través del Himalaya es una pesadilla logística” y las tuberías necesitarían de constante calefacción, material aislante y un alto coste en mantenimiento. Esto se traduciría en un coste de transporte considerablemente superior a lo que valdría enviarlo por vía marítima: 10-15 dólares y 2 dólares por barril, respectivamente.

En segundo lugar, la inseguridad e inestabilidad de la región de Baluchistán (donde se sitúa el puerto de Gwadar) derivada de las actividades de grupos separatistas e islámicos dificulta en gran medida el normal desarrollo del proyecto.

Los separatistas baluchis ven la inversión china en Baluchistán como una usurpación y explotación de sus recursos naturales y, consideran que la presencia china tiene como fin último la colonización de la región. En noviembre de 2018, en el primer ataque de alto perfil contra intereses chinos, el Ejército de Liberación de Baluchistán atacó el consulado chino en Karachi provocando la muerte de siete personas.

No son los únicos. El Estado Islámico-Khorasan (EI-K), afiliado del Estado Islámico en Pakistán y Afganistán, también ha centrado su mirada en el CPEC. Según la ideología del ISIS, la China atea es un enemigo porque ha invadido por la fuerza a los musulmanes de la provincia de Xinjiang al no permitir que los musulmanes uigures practiquen el Islam.

En mayo de 2017, el EI-K secuestró y mató a una pareja china en el centro de Quetta, capital de Baluchistán. Más recientemente, en enero de 2021, el EI-K lanzó un ataque mortal contra once mineros de carbón chiíes cerca de Quetta en una zona donde empresas chinas tienen grandes inversiones.

El resultado es que Pakistán se ha convertido en uno de los destinos más peligrosos para la diáspora china, con continuos secuestros, asesinatos y ataques sobre ellos. Como consecuencia, el gobierno pakistaní ha creado una división especial de seguridad compuesta por nueve batallones del ejército y seis alas civiles que abarcan 13.700 efectivos con la tarea de asegurar los proyectos del CPEC y a los ciudadanos chinos que trabajan en los proyectos.

Por otra parte, el CPEC atravesaría una región que se encuentra en disputa territorial entre India y Pakistán, lo que está generando mayores tensiones con Nueva Delhi. Islamabad incluso acusa a India de apoyar las actividades de los separatistas baluchis para minar la cooperación económica y estratégica en la “amistad en todo clima” de China y Pakistán, y en última instancia, impedir el desarrollo económico del país.

A pesar de los problemas que derivan de los proyectos del CPEC, parece poco probable que Beijing abandone tan fácilmente a sus colegas pakistaníes y, este año, que marca el 70 aniversario de las relaciones bilaterales, el compromiso chino continúa siendo extremadamente firme.

El éxito del CPEC le generaría una oportunidad para desarrollar económica y comercialmente las regiones interiores occidentales del país, lo que en la “mentalidad china” crearía estabilidad en una zona que ha permanecido extremadamente volátil durante los últimos tiempos.

El analista Tom Miller afirma que funcionarios chinos que trabajan en el proyecto de la BRI han llegado incluso a admitir en privado que podrían llegar a perder el 80% de su inversión en Pakistán. Con todo, parece que para Beijing los potenciales beneficios futuros superan a los obstáculos planteados. El alto coste del CPEC se justifica en términos de seguridad energética, pues provee una alternativa al riesgo de bloqueo en el estrecho de Malaca al igual que ocurre con el proyecto del Corredor Económico China-Myanmar.

Por Bienvenido Tingyi Chen Weng

Co-fundador del OPAP. Interesado en la política exterior china y del Sudeste Asiático, así como las relaciones intra-Asia Pacífico.

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