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Apuntes sobre Rusia, China y la reunión de Guilin.

Tras las tensiones de la reunión en Alaska entre EE UU y China, y en un contexto de sanciones occidentales a esta última, Moscú y Beijing han llevado a cabo una reunión que permite observar la fortaleza que ha alcanzado esta relación.

El pasado 23 de marzo, el Ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov, realizaba su primera visita a China —en la ciudad de Guilin— desde la irrupción de la crisis de la COVID-19 para reunirse con su homólogo chino, Wang Yi. Si bien el motivo oficial de la visita era dialogar sobre el 20 aniversario del “Tratado de Amistad China-Rusia de 2001”, esta se producía tan solo 5 días después de la sonada reunión entre EE UU y China en Alaska, que mostró claramente el clima de tensión que protagoniza, en la actualidad, las relaciones entre estos dos países. Al mismo tiempo, también se produjo en el contexto de una coordinación entre EE UU y la UE —así como otros socios como Canadá o el Reino Unido— para imponer sanciones a Rusia por el “caso Navalny” y, especialmente, a China por las violaciones de Derechos Humanos en Xinjiang.

Esto último es especialmente relevante en la medida que son las primeras sanciones europeas a Beijing desde las protestas de la plaza de Tiananmen. Al mismo tiempo, muestra una renovada relación transatlántica desde la toma de posesión de la Administración Biden que ya está empezando a dejar atrás los terribles efectos para la alianza que tuvo la Administración Trump, quien llevó las relaciones con Europa a su más bajo nivel desde, por lo menos, la Crisis del Canal de Suez de 1956. Como dijo el propio Joe Biden en la Conferencia de Múnich de febrero de este año, “Estados Unidos está de vuelta. La alianza transatlántica está de vuelta” (America is back.  The transatlantic alliance is back).

De esta forma, en este contexto de graves tensiones entre Occidente, sobre todo EE UU, y Rusia y China, esta reunión es muy significativa. Simbólicamente, muestra claramente que la asociación entre estas dos potencias —que formalmente es una “Asociación Estratégica” y que podría ser calificada como entente— está alcanzando unos niveles de confianza enormes y que están dispuestos a unir esfuerzos frente a las presiones que puedan surgir desde una renovada relación transatlántica.

En este sentido, en Guilin, Lavrov y Wang condenaron las sanciones occidentales y acordaron trabajar juntos frente a ellas, rechazaron las “injerencias en los asuntos internos de otros Estados con la excusa de los Derechos Humanos y la democratización” y la actuación internacional de EE UU y llamaron a abandonar gradualmente el dólar en el comercio —algo que ambos países llevan varios años llevando a cabo—, entre otras cuestiones.

Claramente, de esta reunión se puede extraer una desafección y rechazo del llamado “orden internacional basado en reglas” o “orden internacional liberal” que para ambos actores, especialmente para Rusia, no es otra cosa que una justificación de la unipolaridad occidental.

No obstante, cabe destacar que la entente sino-rusa no se basa únicamente en una animadversión a EE UU o una “internacional autoritaria”. Primero de todo, pese a que Rusia y China son dos potencias revisionistas —esto es, que buscan cambiar el orden internacional—, siguiendo al famoso analista australiano Bobo Lo, la crisis del orden internacional liberal y del orden posguerra fría que estamos experimentando —y que se ha acentuado y acelerado como consecuencia de la COVID-19— difícilmente puede ser achacada a estos dos actores, sino a Occidente, con una inconsistencia entre principios liberales y prácticas iliberales y con calamidades como la guerra de Iraq, Afganistán o la intervención en Libia.

Pero, en segundo lugar, la entente sino-rusa no es un “eje autoritario”, ni “una alianza antioccidental” o que busque combatir la democracia allí donde se presente. Aunque, como estamos viendo con respecto a la reunión de Guilin, indudablemente las tensiones con EE UU y sus aliados suponen un vector de convergencia muy importante entre estos dos actores —siguiendo al famoso internacionalista ruso Sergey Karaganov uno de los grandes errores históricos de EE UU ha sido “ayudar a unir a Rusia y China”—,  las relaciones van mucho más allá, abarcando aspectos como la cooperación económica, tecnológica o militar y cuestiones como la península de Corea o Irán.

Al mismo tiempo, la relación no se basa en un “celo ideológico” —a diferencia de la “amistad irrompible” de los años 50 entre la China de Mao y la URSS de Stalin—. Y es que, aunque China y Rusia sean dos regímenes autocráticos, más allá de simplificaciones, ideológicamente hablando divergen enormemente. Lo que los une son intereses muy diversos, como hemos visto anteriormente, coincidiendo, ambos actores, en muchas cuestiones que dotan de contenido a la relación. Y es que ambas potencias hablan el idioma de la realpolitik.

Por otro lado, Rusia y China no son aliados y divergen en toda una serie de cuestiones como pueden ser la India, Vietnam o Asia Central. Al mismo tiempo, existen toda una serie de preocupaciones desde el lado ruso como con respecto al Extremo Oriente Ruso —territorio arrebatado por el Imperio Ruso a la China Qing de la mano de los “tratados desiguales”— o la creciente asimetría de la asociación, con una Rusia que, gradualmente, se está viendo superada en todos los aspectos por China. No obstante, los intereses que unen a la relación sobrepasan con creces estos potenciales problemas, basándose, además, esta entente en la flexibilidad y la comprensión mutua. Aunque algunos autores como el propio Bobo Lo y su “Eje de Conveniencia” (Axis of Convinience) pongan el acento en como estos potenciales clivajes pueden suponer una tensión creciente en los siguientes años, en la actualidad la relación ha probado ser resiliente.

En este sentido, como se ha dicho anteriormente, las tensiones con occidente significan un vector importante para la relación —aunque no el único—. Según Dmitri Trenin, el director del Carnegie Moscow Center, “la doble contención de EE UU hacia China y Rusia está produciendo un resultado predictible: la cooperación estratégica entre China y Rusia”. Así, aunque la relación no esté basada única y exclusivamente en las tensiones con Occidente, está claro que estas no hacen sino acercarles. Guilin es la última prueba de que China y Rusia están dispuestas a aumentar aún más su cooperación para hacer frente a un potencial cerco occidental, trascendiendo, poco a poco, los puntos de tensión antes mencionados. Occidente puede renovar la relación transatlántica para hacer frente a China y a Rusia, pero la respuesta que se va a encontrar va a ser un continuo reforzamiento del eje Moscú-Beijing.

Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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