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El Conflicto Diplomático de China y Taiwán en el Pacífico Sur

El Pacífico Sur ha sido y es una arena más del conflicto diplomático entre China y Taiwán, por la que buscan el reconocimiento a costa del otro en un juego de suma cero, lo cual se ha visto exacerbado, tras años de “tregua diplomática”, desde la llegada al poder en Taiwán del PDP.

El Pacífico Sur constituye una región formada por pequeños países insulares y a caballo entre América, Asia y Oceanía. Pese a su evidente importancia estratégica, ha sido muchas veces obviado o limitado a análisis concernientes a la esfera del cambio climático, no menos por el hecho de que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con la derrota del Imperio Japonés, ha sido un “mar occidental”, constituyendo una región firmemente bajo el control de varias potencias occidentales, especialmente Estados Unidos y Australia. No obstante, desde hace ya varios años, el Pacífico Sur ha ido adquiriendo una mayor complejidad, con nuevas potencias extranjeras, actores locales e intereses que lo están posicionando como una arena de competición, todo ello en el contexto internacional de tensión estratégica entre grandes potencias. El hecho más disruptivo que ha vivido la región en los últimos años ha sido la llegada de la República Popular China (RPC), que, abruptamente, ha pasado a aumentar enormemente su papel comercial, político e incluso militar, todo ello especialmente a través de préstamos e incentivos económicos.

Dentro de la política de Beijing hacia la región, históricamente sobresale un hecho de gran incidencia que se sigue arrastrando hasta la actualidad y que aún marca parte de la actuación china en el Pacífico Sur y sus límites: Taiwán. La RPC y la República de China llevan compitiendo por el reconocimiento internacional como único Gobierno legítimo de toda China desde que en 1949 la primera derrotase a la segunda, forzando al Gobierno del Kuomintang de Chiang Kai-shek a refugiarse en la isla de Taiwán. En un primer momento, Taiwán recibiría un mayor reconocimiento, lo que le aseguraría un sitio en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y, dentro del hecho que estamos aquí analizando, la preponderancia diplomática en el Pacífico Sur. No obstante, pronto se produciría un cambio de 180º.

En los años 70, de la mano de la visita de Richard Nixon —quien, de la mano de Henry Kissinger, buscaba aprovechar el “cisma sino-soviético” para reducir la influencia de Moscú en Asia— y de la resolución 2758(XXVI) de la Asamblea General de la ONU, Beijing logró superar el aislamiento internacional al que estaba parcialmente sometido. Esto le ayudó a extenderse en el Pacífico Sur, región en la que recibió el reconocimiento de Papúa Nueva Guinea, Samoa, Fiyi, Kiribati y Vanuatu, es decir de los principales países. Sin embargo, Taipéi, como uno de los “tigres asiáticos” logró mantener a su lado a varios de los países de la región a la vez que atraía a algunos de los países recién independizados. Pero no solo eso, sino que Taipéi logró que algunos países abandonaran a la RPC para reconocer a Taiwán. Un ejemplo son las Islas Marshall, que reconocieron a Beijing tras la independencia pero que en 1998 cambiaron su reconocimiento a Taipéi en relación a los beneficios económicos que les ofrecía la isla. Esto mismo sucedió en Kiribati en 2003, lo que supuso el cierre de una estación de seguimiento de satélites china, abierta en 1997 y que era utilizada por este país para monitorear su programa espacial y se sospecha que también para vigilar las pruebas de misiles estadounidenses en el Sitio de Pruebas Reagan en las Islas Marshall.

No obstante, el ascenso chino y su mayor presencia en la región vino a afianzar a sus socios en los siguientes años. Al mismo tiempo, con la victoria del KMT en las elecciones de Taiwán de 2008 que llevó al poder a Ma Ying-jeou, así como la “Tercera Cooperación” de 2005 entre el KMT y el Partido Comunista Chino (PCCh) contra el independentismo, ambos partidos firmaron una “tregua diplomática” que redujo la competición por el reconocimiento en estas islas.

Sin embargo, desde el año 2016, con la llegada al poder en Taiwán de la actual Presidenta Tsai Ing-wen de la mano del Partido Democrático Popular (PDP) —parte de los “verdes” o independentistas, es decir la línea política taiwanesa que considera a Taiwán una realidad distinta a China y que aspira a una independencia de iure de la isla—, las relaciones a través del Estrecho han alcanzado su punto más bajo de los últimos 30 años. El rechazo de Tsai del conocido como “Consenso de 1992”, un acuerdo tácito entre el PCCh y el KMT por el que ambos reconocen la existencia de “una China” pero con interpretaciones distintas de lo que significa “China”, así como el nuevo énfasis de Beijing en la reunificación de la mano de Xi Jinping, quien la incluye dentro de su “sueño chino” y pone como fecha límite el centenario de la creación de la RPC, 2049, han envenenado la relación y han generado toda una serie de tensiones. Esto también ha tenido sus consecuencias en el ámbito diplomático, suponiendo el pistoletazo de salida para la reanudación de la competición entre China y Taiwán en el Pacífico Sur. Esta es una competición distinta, pues mientras Beijing busca aislar diplomáticamente a Taipéi, este último está transicionando hacia una identidad taiwanesa distinta de China y hacia la búsqueda de un espacio internacional y un futuro desligado del continente, si bien de momento la Presidenta Tsai ha buscado mantener el statu quo a través del Estrecho y afianzar a sus socios diplomáticos, para lo que lanzó una gira internacional en el Pacífico en 2017.

En 2019 Beijing dio un golpe sobre la mesa y en solo una semana le arrebató a Taipéi dos de sus principales socios: las Islas Salomón y Kiribati. De esta forma, mientras entre 2008 y 2016 China y Taiwán se enzarzaron en una “guerra de trincheras”, en las que ambos buscaban mantener su posición, desde 2016 han entrado de lleno en una “guerra de movimientos”, con la RPC tomando la iniciativa y Taiwán intentando mantener sus relaciones, con el apoyo de EE. UU. —que con la Ley Taipéi (2019) puede ofrecer incentivos económicos a los socios diplomáticos de Taiwán y reducir o cortar la ayuda a los países que busquen reconocer a la RPC—. El resultado, de momento, es que mientras Beijing mantiene relaciones con los principales países en términos económicos, políticos y militares, Taipéi mantiene el reconocimiento de 4 pequeños Estados cercanos a Washington como son Palau, Islas Marshall, Nauru y Tuvalu.

Aquí, el principal medio de “combate”, tanto para Beijing como para Taipéi, ha sido la llamada “diplomacia de chequera”, por la que ambos países ofrecían importantes incentivos económicos a terceros a cambio de establecer relaciones diplomáticas —tanto es así que el General Chiang Kai-Shek recibió el apodo de “General, cash my cheque”—. En este sentido, ambos países han utilizado incentivos económicos para comprar el reconocimiento de estos pequeños países que son enormemente dependientes de la ayuda externa. Por ejemplo, en los casos antes mencionados de Kiribati e Islas Salomón, China fue aumentando su presencia comercial, pero sus inversiones y su ayuda al desarrollo, tan importantes en países vecinos, quedaba limitada por la falta de relaciones diplomáticas lo que impulsó a Tarawa y a Honiara a reconocer a Beijing. Y las “zanahorias” chinas no se han hecho esperar, como en el caso de la ayuda económica a coste cero que Islas Salomón ya ha recibido de cara a los Juegos del Pacífico del 2023, de los que será anfitrión.

Sin embargo, la “diplomacia de chequera” genera una serie de peligros. Los préstamos tanto de uno como de otro están aumentando los problemas financieros en los países más vulnerables de la región. Pero, además, estos préstamos y donaciones han significado en ocasiones aumentos de la corrupción y empeoramiento de la gobernanza, como en el caso de las Islas Salomón, cuya asistencia recibida por Taiwán en los 2000 muchas veces acabó en el bolsillo de las mafias o de políticos corruptos, lo que fue una de las causas del descenso de este país al caos en 2003.

Pero incluso más allá de la “diplomacia de chequera”, la cuestión de “Una China” se ha convertido en un asunto político controvertido en los países en disputa. El caso de las Islas Salomón es enormemente ilustrativo, pues el reconocimiento de Beijing fue disputado por la provincia de Malaita, la cual respondió llamando a su propia autodeterminación y manteniendo en la medida de lo posible sus relaciones con Taipéi que, por ejemplo, en medio de la epidemia de COVID-19 se materializaron en asistencia taiwanesa a la región. Al mismo tiempo, el asunto ha estado recientemente en el centro de las elecciones de Kiribati y de las Islas Marshall. Por lo tanto, las consecuencias políticas y económicas de esta nueva escalada en la lucha por el reconocimiento pueden tener consecuencias nefastas para la estabilidad y la integridad territorial de muchos de estos países.

En definitiva, parece que a día de hoy la situación está relativamente más estable, en la medida de que los últimos socios taiwaneses en la región son países muy cercanos a EE. UU. y que difícilmente arriesgarían sanciones de este último a cambio de incentivos económicos. No obstante, las tensiones a través del Estrecho se van a mantener y van a seguir creciendo, por lo que la competición diplomática va a seguir existiendo y empeorando, todo ello en el contexto de una tensión estratégica entre Washington y Beijing que bajo la Administración Biden todo parece indicar que únicamente cambiará en las formas y no en el fondo.

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Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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